Samsung Electronics anunció la incorporación de 34 nuevas piezas de la colección del Louvre a su plataforma Samsung Art Store. Con esta adición, el catálogo disponible del museo parisino asciende a 51 obras maestras accesibles desde una pantalla doméstica.
La selección incluye títulos ineludibles de la historia del arte occidental. La Mona Lisa de Leonardo da Vinci, La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix y Las bodas de Caná de Paolo Veronese forman parte del repositorio. Se suman lienzos de Caravaggio, Jacques-Louis David, Dominique Papety y Nicolas Poussin. Los periodos cubiertos abarcan el Renacimiento, el Neoclasicismo y el Romanticismo.
Guillaume Rault, vicepresidente de Consumer Electronics en Samsung Francia, describió el alcance de la integración. «El Louvre representa lo mejor del patrimonio artístico y cultural francés», declaró. «Estamos orgullosos de llevar estas obras maestras más allá de las paredes del museo y al hogar de millones de personas en todo el mundo a través de nuestras pantallas».
El catálogo total de Art Store supera las cinco mil piezas curadas de galerías internacionales. Samsung desarrolló el concepto del televisor como obra de arte con su serie The Frame. La colección del Louvre ya está activa a nivel mundial para quienes posean televisores The Frame o modelos compatibles.
El dato importa más que el ruido. Lo que Samsung está haciendo no es solo marketing cultural. Es la consolidación de un modelo de negocio donde el hardware se justifica por el contenido que lo acompaña. La suscripción a Art Store convierte el modo reposo de la pantalla en un activo estético. Eso tiene valor para el consumidor y, conviene subrayarlo, para el fabricante.
El libre mercado produce este tipo de acuerdos con más frecuencia que cualquier política pública de democratización cultural. Ningún ministerio organizó este convenio. Lo hicieron dos instituciones con incentivos alineados: un museo que necesita audiencia global y una empresa que necesita diferenciar su producto. El resultado es que la Mona Lisa llega a salones de todo el mundo sin que el contribuyente pague un centavo. La historia sugiere cautela ante quienes proponen que solo el Estado puede garantizar el acceso al patrimonio.



