El embajador de Estados Unidos en Japón, George Glass, publicó el viernes en la red social X que Washington mantiene una postura «inquebrantable» en su apoyo a Japón y en el reconocimiento de su soberanía sobre las islas Kuriles, controladas por Moscú. La declaración llegó horas después de que el presidente ruso, Vladímir Putin, visitara el jueves la isla de Iturup —denominada Etorofu por Tokio— en el marco de una gira por Siberia y el Lejano Oriente ruso.
Fue la primera vez que Putin pisó las Kuriles desde su llegada al poder en el año 2000. El motivo declarado del desplazamiento fue la visita a una planta procesadora de pescado, pero el gesto político difícilmente pasa inadvertido: las islas constituyen el principal obstáculo para que Japón y Rusia firmen un tratado de paz pendiente desde la Segunda Guerra Mundial.
Tokio respondió con celeridad. El Gobierno japonés convocó al embajador ruso, Nikolai Nozdriev, al Ministerio de Exteriores y le exigió trasladar la queja «de inmediato» al Kremlin. La primera ministra Sanae Takaichi calificó el desplazamiento de Putin de «absolutamente inaceptable».
Glass subrayó además la oposición conjunta de Washington y Tokio a «cualquier acción que perjudique la paz y la estabilidad de la región», fórmula que en el contexto actual apunta directamente a Moscú.
Un litigio de siglos con consecuencias presentes
Las cuatro islas —las más meridionales del archipiélago Kurilo— pasaron a formar parte de Japón en 1875 mediante el Tratado de San Petersburgo, aunque habían sido descubiertas por navegantes rusos. La Unión Soviética las incorporó a su territorio al término de la Segunda Guerra Mundial, en virtud del Tratado de San Francisco. En 1956, Moscú y Tokio reanudaron relaciones diplomáticas y acordaron un marco para un eventual tratado de paz que contemplaba la devolución de dos de las cuatro islas a Japón; ninguna de las partes ejecutó ese compromiso. Japón sigue reclamando las cuatro.
El viaje de Putin reactiva una disputa que parecía congelada y lo hace en un momento en que la arquitectura de seguridad del Indo-Pacífico está bajo presión creciente.
Lo que el gesto revela
Conviene mirar los incentivos. Putin eligió las Kuriles como escenario de una gira doméstica, no como destino de una negociación. El mensaje es de consolidación territorial, no de apertura diplomática. Para Tokio, que ha apostado por el refuerzo de su alianza con Washington y por una política de defensa más activa, la visita confirma que Moscú no contempla concesiones en el corto plazo.
El respaldo inmediato de Glass —y la referencia explícita a Japón como «aliado más importante»— ilustra la lógica de la administración estadounidense: las alianzas del Indo-Pacífico se sostienen con señales claras y rápidas, no con comunicados diferidos. El dato importa más que el ruido: mientras Moscú consolida posiciones en territorios disputados, Washington elige el momento para reafirmar compromisos. Esa geometría de incentivos, más que la retórica diplomática, es la que define el equilibrio regional.



