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Productividad no es bienestar: el debate que Europa no puede ignorar

La brecha entre Estados Unidos y Europa es real en términos de producción, pero no se traduce automáticamente en el bolsillo del ciudadano. El problema es que la tendencia importa tanto como el dato de hoy.
Imagen ilustrativa
Lídereslunes 3 de agosto de 2026

El debate sobre la riqueza comparada entre Estados Unidos y Europa lleva años circulando en foros académicos y páginas de opinión, pero rara vez se plantea con la precisión que exige. La fuente del ruido es conocida: sin necesidad de falsear cifras, los datos admiten lecturas muy distintas según qué variable se elija como referencia.

El punto de partida es la brecha de productividad. Desde la pandemia, y con mayor urgencia tras el informe elaborado por Mario Draghi, la pérdida de dinamismo económico europeo frente al estadounidense —impulsado en buena medida por el nuevo ciclo tecnológico— ha vuelto a poner en circulación el término «euroesclerosis». La expresión fue acuñada en 1985 por el economista alemán Herbert Giersch para describir el estancamiento de entonces; su regreso a los titulares no es casual. Una tribuna reciente del Wall Street Journal lo formuló sin rodeos: «¿Qué pasará cuando los europeos se den cuenta de lo pobres que son?».

Sin embargo, ese diferencial en productividad no se traslada de forma automática al bienestar cotidiano del ciudadano. Cuando se compara la capacidad adquisitiva real de unos y otros, el empobrecimiento dramático del europeo frente al estadounidense no aparece con la nitidez que sugieren los titulares más alarmistas.

El cuadro se complica cuando se incorporan variables no estrictamente económicas. Una investigación de 2025 de la Universidad de Brown señala que incluso los estadounidenses más ricos tienen menor esperanza de vida que sus contrapartes europeos. En materia de seguridad, la tasa de homicidios intencionales en Estados Unidos rozaba 6 por cada 100.000 habitantes en 2023, frente a 1 en Europa. Son datos que cualquier análisis honesto debe registrar, aunque incomoden a quienes prefieren una comparación limpia.

El verdadero nudo del debate es metodológico: qué indicador mide mejor el nivel de vida de una población en su conjunto, y —más importante aún— qué señal anticipada ofrecen esos indicadores sobre la trayectoria futura. La respuesta no es sencilla. Hay variables que favorecen a Europa en el presente y variables que la comprometen en el mediano plazo.

Conviene mirar los incentivos. Una economía que genera menos productividad hoy puede sostener cierto bienestar durante un tiempo gracias a la acumulación de capital previo, a transferencias públicas o a un tipo de cambio favorable. Pero esa inercia tiene límites. El dato importa más que el ruido: si la brecha de productividad sigue ampliándose —y el ciclo de inteligencia artificial sugiere que puede hacerlo— el margen para mantener ese bienestar relativo se estrecha con cada año que pasa.

Desde la perspectiva de Continente, el problema europeo no es estadístico sino estructural. Una región que debate si es tan pobre como dicen, en lugar de debatir qué reformas de mercado necesita para volver a crecer, ya lleva ventaja perdida. La productividad no es un capricho tecnocrático: es la base sobre la que se financian pensiones, sanidad y defensa. Cuando esa base se erosiona, ningún índice de bienestar presente garantiza el de mañana.

La historia sugiere cautela. Europa ha salido antes de períodos de estancamiento cuando ha apostado por desregulación, apertura y libre empresa. La pregunta no es si los europeos viven bien hoy. La pregunta es si las políticas actuales de Bruselas —más gasto, más regulación, más burocracia— son el camino para que sigan haciéndolo.

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