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Presión económica y desgaste de la narrativa libertaria

Los últimos datos de actividad, empleo y pobreza chocan con el relato oficial de Javier Milei. En Nueva York, esa brecha ya empezó a pasarle factura ante los mercados y ante parte de su propia base política.
Imagen generada con IA
Líderesdomingo 27 de septiembre de 2026

La tensión entre la realidad económica y la narrativa oficial quedó expuesta esta semana con números incómodos para el Gobierno. En apenas diez días se conoció que la tasa de desempleo subió a 7,9%; que el PBI bajó 0,6% en el segundo trimestre; que la actividad económica retrocedió 2,9% comparado con el mes anterior; que el consumo masivo cayó 1,5% interanual; y que la pobreza aumentó 4,1 puntos para llegar al 32,3%. El único dato positivo fue la reducción de la inflación a 1,7%.

Ese cuadro alimentó una conclusión que atraviesa a distintos observadores: el esfuerzo por contener precios, dólar y equilibrio fiscal está paralizando la actividad. Esa es, al menos, la lectura que se desprende de los números que el propio entorno libertario exhibe como prueba de orden, pero que en simultáneo muestran un enfriamiento fuerte de la economía real.

La incomodidad no se limita a las estadísticas. También alcanzó a la comunicación política del oficialismo en Nueva York, donde Javier Milei y Luis Caputo buscaron transmitir que la Argentina crece y está blindada ante cualquier turbulencia electoral. El mensaje no terminó de convencer a parte del mundo financiero, que escuchó una argumentación defensiva y, según un broker de Wall Street, vio un escenario «falso» que «no fue intelectualmente honesto».

Caputo dijo que la corrida en los cuatro meses previos a los comicios de 2025 consumió US$7900 millones por sobre el promedio mensual de compras de los ahorristas, que es de US$1700 millones. Después añadió que esa presión cedió en la misma proporción en el semestre posterior. También desglosó opciones de financiación para 2027 que suman unos US$75.000 millones, una cuenta que incluye US$14.300 millones comprados por el Banco Central, otros US$20.000 que supuestamente adquirirá de acá al año próximo, US$20.000 del swap chino y US$20.000 del swap con EE.UU.

Pero el problema de fondo parece otro: no basta con enumerar liquidez potencial si la confianza se erosiona y los activos políticos del Gobierno se vuelven más frágiles. El riesgo país cerró la semana por encima de los 600 puntos, cuando en julio parecía perforar el piso de los 400 puntos. A eso se sumaron la suba de la tasa de los bonos norteamericanos, la caída de la actividad económica y la incertidumbre electoral.

Dentro de la mesa chica oficial, según el propio entorno que rodea al poder, hay preocupación por estos indicadores, en especial en el ala política. Patricia Bullrich aparece como una de las voces más alarmadas, aunque no la única. Karina Milei, por su parte, intuye la densidad del problema, pero no desautorizará a su hermano. El dato importa más que el ruido: cuando un gobierno empieza a disociarse de la percepción del resto, pierde capacidad de ordenar expectativas.

La discusión sobre la pobreza también dejó a la vista las limitaciones del relato monocausal. El Gobierno intentó acotar el aumento al repunte inflacionario, pero Jorge Paz señaló que detrás hay una crisis de ingresos más profunda. Entre las causas mencionó el crecimiento del trabajo en negro y la expansión de la «pobreza laboral», es decir, personas que trabajan pero con salarios bajos.

Ahí está el verdadero dilema político y económico. Conviene mirar los incentivos. Si el ajuste fiscal y la desinflación logran estabilizar la macroeconomía pero siguen erosionando la actividad y el ingreso de los hogares, la épica del orden puede transformarse en una carga para la propia administración. El Gobierno necesita demostrar que el equilibrio fiscal no es una consigna abstracta, sino una base para reactivar inversión, empleo y confianza.

La historia sugiere cautela. Cuando la palabra oficial deja de sonar creíble, los mercados no solo exigen cifras: también piden coherencia. Y sin ella, hasta un programa con disciplina fiscal termina enfrentando el costo más alto de todos, que es la pérdida de credibilidad.

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