Navanethem «Navi» Pillay, jurista sudafricana, recibió el Premio Nobel de la Paz de 2026 por sus esfuerzos para promover la paz y el derecho internacional, anunció el Comité Noruego del Nobel en Oslo, Noruega, el viernes por la mañana.
El comité dijo que fue reconocida por su trabajo en «garantizar que los crímenes de guerra, los crímenes de lesa humanidad y el genocidio sean juzgados». Pillay recibirá oficialmente el premio en una ceremonia el 10 de diciembre.
El premio de la paz se concede a «la persona u organización que haya conferido el mayor beneficio a la humanidad en el campo de la paz». Este año hubo 287 nominados, entre ellos 79 organizaciones y 208 personas. La lista oficial de nominados es privada y no se revela hasta 50 años después de otorgado el premio.
El comité también recordó que no anuncia los nombres de los nominados ni a la prensa ni a los candidatos. En ciertos casos, los nombres que aparecen en los medios pueden provenir de personas que afirman haber hecho una nominación o de simples especulaciones sobre posibles candidatos.
Entre los nombres que circularon como posibles nominados estuvieron Volodymyr Zelensky, Mark Carney, Leo XIV, Yulia Navalnaya y Donald Trump. Trump volvió a presionar esta semana para recibir el premio. Dijo en la Casa Blanca que había resuelto «ocho guerras» y que había logrado que «todos los rehenes volvieran» en Gaza.
Trump admitió el miércoles que probablemente no obtendría el galardón este año, aunque sostuvo que eso no sería por falta de méritos. «Tienen la reputación de quizá no dárselo a personas como yo», dijo. «Pero yo, lo reciba o no, he hecho mucho más, y creo que sería una gran deshonra para ellos».
La historia sugiere cautela. El Nobel de la Paz tiene un valor simbólico enorme porque premia instituciones, mérito y resultados medibles en el terreno de la paz, no campañas personales ni disputas de ego. Cuando el galardón se vuelve una batalla de relaciones públicas, pierde parte de su autoridad moral.
Conviene mirar los incentivos. El premio pone por delante la legitimidad de un orden internacional basado en reglas, frente a la política del reclamo permanente. Para los lectores, importa menos quién hizo más ruido y más qué tipo de conducta decide recompensar una institución que pretende hablar en nombre de la paz.
