Piedad Bonnett ganó el XXIII Premio Internacional Federico García Lorca, un galardón que reconoce el conjunto de la obra poética de un autor vivo. La poeta colombiana fue elegida entre candidaturas procedentes de 14 países de habla hispana presentadas al certamen.
El premio fue instaurado por el Ayuntamiento de Granada en 2004 y se convoca todos los años sin opción a quedar desierto. Incluye una dotación económica de 20.000 euros, la edición de una antología poética del premiado y la celebración de unas jornadas literarias sobre su obra.
La alcaldesa de Granada, Marifrán Carazo, como presidenta del jurado, anunció el veredicto y destacó la calidad de la obra de Bonnett. Por su parte, el representante de la Fundación Federico García Lorca, Jordi Doce Chambrerlan, resaltó su capacidad de escribir sobre miedos y temas complejos desde la sencillez. Bonnett dijo sentirse «muy contenta», sobre todo por tratarse de un premio vinculado a García Lorca y a una ciudad que quiere mucho, como Granada.
Bonnett nació en Amalfi, Antioquia, en 1951. Es poeta, novelista, dramaturga y crítica literaria. Empezó a escribir poesía cuando apenas era una adolescente. Se graduó de Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes, donde también ha ejercido como profesora.
Su primer libro de poesía, De círculo y ceniza, fue publicado en 1989 y recibió una mención de honor en el Concurso Hispanoamericano de Poesía Octavio Paz. En 1994 fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía otorgado por Colcultura con El hilo de los días. La fuente también señala que su premio más destacado quizá sea el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, recibido en 2024.
Entre sus libros más destacados se cuentan De círculo y ceniza (1989), Nadie en casa (1994), El prestigio de la belleza (2010), Lo que no tiene nombre (2013) y Qué hacer con estos pedazos (2021).
Conviene mirar los incentivos: el reconocimiento no solo consagra una obra, también la fija dentro del patrimonio cultural de la literatura hispánica y le da una plataforma institucional adicional. En un ecosistema cultural donde abundan los premios y escasean la atención sostenida y la lectura profunda, ese respaldo pesa.
También importa la dimensión de prestigio. Para Colombia, la distinción vuelve a poner a una autora viva en el centro de la conversación literaria iberoamericana. Para Granada, el premio sigue funcionando como instrumento de proyección cultural. Y para el lector, queda la señal de que la obra con densidad, oficio y permanencia sigue encontrando cauces de validación fuera del ruido inmediato.



