Una estatua dorada de Donald Trump desnudo y montado a hombros de otro hombre quedó expuesta esta semana en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, Francia. La pieza, obra del artista danés Jens Galschiøt, fue llevada a la Eurocámara a iniciativa del eurodiputado de la izquierda danesa Per Clausen.
La escultura, titulada «Plaga Naranja», ya había sido exhibida en la última cumbre del clima de Naciones Unidas en Brasil y en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Según reportó EFE, Galschiøt busca denunciar con ella el riesgo que, a su juicio, Trump supone para el orden y la seguridad globales.
La obra mide dos metros y medio con su soporte, está hecha de cobre y recubierta de oro de 23 quilates. Muestra a Trump con los ojos cerrados, sosteniendo una balanza en una mano y apoyado en un palo de golf que llega hasta el suelo. Bajo sus pies aparece otra persona que lo sostiene con aparente dificultad. En el soporte figura la frase: «Estoy sentado en la espalda de un hombre. Se está hundiendo bajo mi peso. Haré todo lo que pueda para ayudarlo menos bajarme de su espalda».
Galschiøt dijo a EFE que Trump es «un problema para el mundo» porque, en su opinión, está destruyendo «la manera en la que pensamos en Occidente». Añadió que en Occidente se respeta la libertad de expresión o la propiedad privada, y que Trump «ha destruido esto». También vinculó la pieza con «los súper estados aplastando a los pequeños, gente poderosa y gente sin poder».
El escultor aventuró que «el hombre pequeño» que sostiene a Trump podría ser la Unión Europea. La estatua permanecerá expuesta durante esta semana de pleno del Parlamento Europeo, en uno de los puntos de paso más concurridos de la sede parlamentaria.
Conviene mirar los incentivos. Cuando una institución legislativa presta su espacio central a una obra concebida para denunciar a un líder extranjero, no solo amplifica una crítica: también se expone como actor político en una disputa que debería exigir prudencia, no exhibicionismo. La frontera entre libertad artística y activismo institucional se vuelve entonces menos nítida de lo que Bruselas suele admitir.
El dato importa más que el ruido. La escena pone sobre la mesa una tensión de fondo en el orden internacional: quién define las normas, quién las defiende y quién termina usando el lenguaje de la libertad para intervenir en la política ajena. Si la Unión Europea quiere defender sus principios, le conviene hacerlo con instituciones serias y argumentos sólidos, no con gestos que parecen celebrar la provocación por encima del equilibrio.

