Barack Obama cuestionó el reciente veto de Donald Trump a CNN, Politico y MS NOW al decir: «What . . . if I had said . . . Fox News, you’re out of here? It’s unimaginable!». Pero la comparación, según la columna de The New York Post, no resiste del todo el archivo histórico.
La publicación sostiene que la administración Obama sí intentó limitar el acceso de Fox News a la prensa, aunque en una escala menor que la prohibición impulsada por Trump. Ese punto no borra la crítica al actual presidente, pero sí debilita la autoridad moral con que se formula.
El caso importa porque el acceso de los medios a la Casa Blanca no es un adorno ceremonial. Es una cuestión de poder institucional, arbitraje político y reglas del juego para la información pública. Conviene mirar los incentivos: cuando un gobierno decide quién entra y quién queda fuera, la señal que envía va mucho más allá de una sola rueda de prensa.
En esta disputa, Obama busca colocarse del lado de la libertad de prensa, mientras Trump actúa con una lógica de castigo político que agrava la desconfianza hacia el aparato estatal. Ambos episodios, sin embargo, muestran un problema más amplio: la tentación de usar el acceso mediático como instrumento de conveniencia partidista.
El dato importa más que el ruido. Si el Ejecutivo puede administrar la cobertura como premio o sanción, la prensa deja de ser un contrapeso y pasa a depender del humor del poder. Eso perjudica al público, no solo a una redacción u otra, porque reduce transparencia y empeora la calidad del debate democrático.
La lección es incómoda para ambos bandos. La defensa de la libertad de prensa suena más sólida cuando no se practica con doble estándar. Y la crítica al sesgo mediático solo gana legitimidad si no deriva en censura selectiva. La historia sugiere cautela: cuando el poder empieza a decidir qué voces merecen acceso, rara vez se detiene en el primer caso.



