En los ghats de Pashupatinath, junto al río Bagmati, dos familias despidieron este jueves a sus muertos sin haber recuperado sus cuerpos. Sobre la madera de la pira colocaron dos figuras hechas con hierba kusha, envueltas en telas ceremoniales. Representaban a Shyam Bahadur Pun y Chausara Pun, desaparecidos en las riadas que golpearon el norte del país.
"Como no hemos podido encontrar sus cuerpos, hemos preparado una representación de ambos con hierba kusha", explicó uno de los asistentes a EFE. La tradición hindú permite este tipo de rito cuando el cadáver no puede ser hallado. No implica que la familia abandone la búsqueda.
El caso de los Pun no es aislado. Según el último balance de la Policía de Nepal, 1.127 cadáveres o restos humanos han sido recuperados hasta este jueves. Otras 4.858 personas continúan desaparecidas. La cifra revela la magnitud del desastre, una semana después de que una riada arrasara localidades enteras en poco más de media hora.
La identificación avanza con lentitud. De los restos recuperados, 427 corresponden únicamente a partes de cuerpos. 911 siguen sin identificar. Apenas 95 víctimas han sido entregadas a sus familiares. El dato importa más que el ruido: la burocracia forense nepalí enfrenta un volumen de trabajo que excede su capacidad actual.
El lodo y los escombros siguen complicando la tarea. Amplias zonas del norte del país permanecen cubiertas de sedimento. La inestabilidad del terreno y los derrumbes dificultan tanto el acceso como la recuperación de cuerpos. Policías y forenses comparan fotografías, marcas corporales, prendas y muestras de ADN para poner nombre a los restos hallados.
Durante toda la semana, las familias han recorrido hospitales, morgues y centros de identificación. Muchas regresan también a las localidades devastadas, con la esperanza de encontrar alguna señal de sus parientes. Es una búsqueda paralela a la oficial, sostenida por el desgaste y la incertidumbre.
Al funeral de los Pun asistieron sus hijos, sus tres hijas y otros familiares. También llegaron vecinos, antiguos compañeros y miembros de una asociación de policías retirados originarios de Baglung, la región de origen de la pareja. El participante que habló con EFE pidió un minuto de silencio antes de cerrar la ceremonia.
"Todavía mantenemos la esperanza de poder encontrar sus cuerpos", dijo. La frase resume la paradoja del rito: despedir sin cerrar. Las familias cumplen con la tradición mientras la maquinaria estatal sigue, semanas después, tratando de alcanzar la magnitud del desastre.
Conviene mirar los incentivos detrás de este rezago. Un sistema forense desbordado, sin capacidad previa para procesar miles de muestras de ADN en tiempo razonable, expone algo más que una tragedia natural. Expone los límites de la infraestructura estatal en un país donde la prevención y la respuesta a catástrofes dependen de recursos escasos y de una coordinación que, a la vista de las cifras, no estuvo a la altura del desafío.
La historia sugiere cautela sobre las promesas oficiales de resolución rápida. Con 911 restos sin identificar y casi 4.900 personas todavía perdidas, la brecha entre el discurso institucional y la capacidad real de respuesta seguirá siendo, durante meses, la medida verdadera de esta tragedia.



