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Microplásticos en sangre: nueva evidencia de riesgo cardiovascular que el mundo no puede ignorar

Un estudio italiano publicado en el European Heart Journal detectó microplásticos en el 84% de los pacientes que sufrieron un infarto, frente al 32% de quienes tenían arterias sanas. La asociación no prueba causalidad, pero el hallazgo abre una agenda regulatoria urgente.
Imagen ilustrativa
Ciencia y tecnologíadomingo 19 de julio de 2026

Un equipo de científicos de distintas universidades de Italia analizó a 61 pacientes y encontró que quienes habían sufrido un infarto presentaban niveles significativamente más altos de micro y nanoplásticos en sangre que los pacientes con enfermedad coronaria crónica o con arterias sanas. Los resultados fueron publicados en la revista European Heart Journal.

Los números son precisos: los investigadores detectaron microplásticos en el 84% de los pacientes con infarto, frente al 32% de las personas con arterias sanas. El material identificado con mayor frecuencia fue el polietileno, el plástico de uso más extendido en envases y productos de consumo cotidiano. Los pacientes con infarto también presentaban una mayor diversidad de tipos de plástico en el torrente sanguíneo.

Los investigadores advierten con claridad que se trata de un estudio observacional. Eso significa que la evidencia permite identificar una asociación entre ambos factores, pero no demostrar que uno sea la causa del otro. No está probado que los microplásticos provoquen un infarto; podrían intervenir otros factores o una combinación de ellos. Los autores sostienen que serán necesarios nuevos estudios para determinar si estas partículas desempeñan un papel directo en el desarrollo de la enfermedad cardiovascular.

Lo que sí plantean es un mecanismo plausible: las partículas podrían acumularse en los tejidos vasculares y en los depósitos de grasa de las arterias, favorecer el estrés oxidativo —un desequilibrio que daña las células— y afectar el endotelio, la capa interna que recubre los vasos sanguíneos y regula el flujo sanguíneo.

El contexto geográfico añade relevancia para Panamá. Un estudio del Instituto Smithsonian realizado en 2020 estima que cada año ingresan al medio marino entre 4,8 millones y 12,7 millones de toneladas de plástico en todo el mundo. Según el mismo instituto, solo el 1% permanece en la superficie; el 99% restante se hunde o es consumido por organismos marinos. Dada su geografía y su interacción con las corrientes oceánicas, Panamá actúa, según esa fuente, como una «cuenca de captura» de desechos marinos en el Caribe.

Una investigación de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP) determinó que las mayores concentraciones de microplásticos en el Lago Alajuela se registran durante la estación seca y confirmó la presencia de estas partículas en la cadena alimentaria, específicamente en el tracto digestivo de los peces. Ese lago abastece a la planta potabilizadora de Chilibre, que da servicio a casi toda la ciudad de Panamá y al distrito de San Miguelito.

La cardióloga y especialista en medicina interna Gloria O'Neill De Gracia señaló que la Organización Mundial de la Salud ya reconoce la contaminación del aire como factor de riesgo cardiovascular, y consideró necesario fortalecer las políticas públicas orientadas a reducir la exposición de la población a contaminantes ambientales.

Conviene mirar los incentivos. La respuesta más eficaz a este tipo de riesgo no pasa por ampliar la burocracia regulatoria ni por prohibiciones que encarecen la vida cotidiana, sino por acelerar la innovación en materiales alternativos y por garantizar que la información científica —con sus certezas y sus límites— llegue sin distorsión a los ciudadanos y a los mercados. El dato importa más que el ruido: la ciencia aquí es honesta sobre lo que no sabe, y esa honestidad es precisamente el punto de partida correcto para una política pública proporcionada, no alarmista. Panamá, con su posición como nodo de tránsito global y su vulnerabilidad hídrica documentada, tiene razones concretas para tomarse en serio esta agenda antes de que los costos sanitarios —y los costos para el contribuyente— se vuelvan inevitables.

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