México sigue atado a dos proveedores dominantes. Entre Estados Unidos y China representaron 55.02% de las importaciones totales del país durante los primeros siete meses del año, y más del 70% de esas compras fueron insumos y bienes intermedios, es decir, productos que se incorporan a otros bienes antes de llegar al consumidor.
La composición cambió solo en los márgenes. Las importaciones provenientes de Estados Unidos subieron de 37.62% a 37.77% desde diciembre, mientras que las chinas bajaron de 20% a 17.25% debido a los aranceles que aplica el gobierno mexicano desde enero.
Aun así, China conserva un papel relevante en la cadena comercial mexicana. Taiwán se convirtió en el tercer proveedor mexicano con 11.97% de las importaciones totales, seguido de Vietnam con 5.10% y Malasia con 3.04%. Estos dos últimos son miembros del Acuerdo Trans-Pacífico.
En comercio total, Estados Unidos y China siguen muy por encima del resto. El año pasado, el comercio total con cada uno fue respectivamente de 60.3% y 10.8%; durante los primeros siete meses del año, ambos porcentajes bajaron ligeramente a 58.98% y 9.47%.
La gran diferencia está en las exportaciones. Estados Unidos recibió 83.69% de las exportaciones mexicanas en los primeros siete meses del año, una cifra muy similar al 83.02% del año pasado. China, en cambio, fue destino de apenas 1.84%, también cerca del 1.54% registrado el año pasado.
El autor de la columna sostiene que uno de los temas pendientes del gobierno mexicano es resolver la larga lista de barreras no arancelarias que Beijing ha desarrollado durante las últimas dos décadas. También afirma que México carece de una política comercial y de inversión hacia China y que, en los hechos, las decisiones sobre estos temas se han cedido a la Casa Blanca.
En ese contexto, cita dos ejemplos recientes: la aplicación de aranceles a países con los que México no tiene tratado comercial y la propuesta de ley para crear un mecanismo similar al Comité para la Inversión Extranjera de Estados Unidos, con el fin de filtrar y restringir proyectos de inversión china en territorio mexicano. Añade que la reunión de alto nivel que el secretario Ebrard mencionó en marzo con el gobierno chino para evaluar la viabilidad de los aranceles sigue posponiéndose en Palacio Nacional.
La coyuntura externa tampoco ayuda. Hasta este fin de semana, las autoridades estadounidenses no habían confirmado la siguiente ronda de negociación con México, a la espera de los resultados de la reunión de ayer entre el secretario Scott Bessent, el USTR Jamieson Greer y el vice premier chino He Lifeng, en la que se trató la agenda económica y arancelaria entre ambos países. También está prevista para el jueves la recepción de Xi Jinping por Trump en la Casa Blanca.
Dependiendo del resultado de esa cumbre, el USTR anunciará el resultado de la investigación sobre exceso de capacidad productiva, que aplicaría un nuevo arancel a China, México, la Unión Europea y otros 13 países. Canadá no está incluida en ese caso.
El dato importa más que el ruido: México no puede construir una relación comercial sana si deja que la agenda la definan Washington y Beijing. La dependencia actual no solo expone a las empresas mexicanas a decisiones ajenas; también debilita la capacidad del país para defender su propio interés.
La historia sugiere cautela. Si la integración comercial ha sido un ancla con Estados Unidos, también puede convertirse en palanca de presión. México necesita una política comercial propia hacia China antes de que la próxima ronda de tensiones la encuentre sin margen de maniobra.



