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Malvinas y credibilidad: Milei acelera el reclamo, pero llega tarde a la cancha diplomática

El Presidente multiplicó las referencias a Malvinas tras años de escasa presencia del tema en sus discursos oficiales. La duda política ya no es si habló más, sino si el giro alcanza para volver creíble una causa que exige constancia, no solo volumen.
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Líderesmiércoles 23 de septiembre de 2026

Javier Milei sostiene que la ofensiva por Malvinas no responde a un cálculo electoral y que la estrategia «se viene preparando desde hace tres años». Pero los antecedentes que aparecen en la propia actividad oficial del Presidente apuntan a otra lectura: durante 33 meses de gestión, antes del discurso por cadena nacional del 3 de septiembre pasado, pronunció la palabra «Malvinas» solo 24 veces, y 18 de esas menciones ocurrieron en actos conmemoratorios del 2 de abril, según un informe de Synopsis.

Desde ese mensaje, en cambio, Milei nombró «Malvinas» en 18 oportunidades en apenas 15 días. El dato importa más que el ruido. La secuencia no prueba por sí sola oportunismo, pero sí muestra un viraje abrupto en la prioridad política del Gobierno, precisamente sobre una causa que en Argentina exige persistencia, institucionalidad y una narrativa sostenida hacia afuera.

Lucas Romero, director de Synopsis, lo resumió con una lógica difícil de refutar: un cambio de posición puede existir, pero para ser efectivo «tiene que ser creíble». Añadió que, para convencer de que no se trata de oportunismo político, «tienen que existir razones y fundamentos», y que en este caso no hubo ni razones suficientes ni fundamentos que lo avalen. También señaló que los antecedentes discursivos de Milei muestran escasas referencias al tema Malvinas y referencias contrarias a la política histórica de la Argentina.

Una encuesta reciente de Synopsis, basada en 1257 casos entre el 8 y el 15 de septiembre de 2026, refuerza ese problema de credibilidad. El 58,2% de la población descree del compromiso de Milei con la cuestión Malvinas: el 13,1% lo considera «poco creíble» y el 45,1% «nada creíble». Solo el 38,9% dice creer en su compromiso, entre un 16,9% que lo ve «bastante creíble» y un 22% que lo juzga «totalmente creíble».

La comparación con sus discursos ante la Asamblea General de las Naciones Unidas también deja una huella incómoda. En septiembre de 2024, Milei habló de la Agenda 2030, de la «cultura woke», mencionó varias veces a Trump y citó al Profeta Isaías, pero no habló de las Islas Malvinas. En 2025 sí nombró una vez la cuestión Malvinas y convocó al Reino Unido «a reanudar las negociaciones bilaterales», de conformidad con la resolución 2065 y las posteriores. Sin embargo, no marcó nada sobre la explotación de recursos naturales, aun cuando el proyecto petrolero de Sea Lion ya avanzaba en exploración, según la nota.

También pesa el contraste con la plataforma de campaña de La Libertad Avanza presentada ante la Cámara Electoral. En casi 4000 palabras, repartidas en 13 páginas, no aparecen las palabras «Malvinas», «archipiélago» o «islas del Atlántico Sur». Allí solo figuran referencias genéricas a la defensa, la soberanía nacional y la seguridad interior. Una plataforma puede ser amplia; una causa nacional, no tanto.

Ese desfasaje entre discurso reciente y antecedentes no es un detalle menor. En política exterior, la credibilidad es un activo escaso y costoso de reconstruir. Conviene mirar los incentivos: cuando un gobierno eleva de golpe una bandera que antes trató con tibieza, los interlocutores externos y la propia opinión pública preguntan por la continuidad, no por la retórica del día.

Para Argentina, Malvinas no es un recurso de coyuntura sino una disputa de Estado. Si el Gobierno quiere que el reclamo gane densidad internacional, necesita algo más que una ráfaga de discursos. Necesita reglas, constancia y una línea sostenida, no solo un giro de alto voltaje comunicacional.

La historia sugiere cautela. Las causas soberanas se debilitan cuando se las usa como escenario de oportunidad política y se fortalecen cuando se las convierten en política de Estado. Ahí está la diferencia entre una consigna útil para el atril y una estrategia capaz de sobrevivir al calendario electoral.

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