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Malvinas vuelve al centro por un pulso de soberanía, petróleo y Atlántico Sur

La tensión entre Argentina e Inglaterra resurge 44 años después de la guerra, impulsada por Trump, Milei y el valor estratégico del archipiélago. Conviene mirar los incentivos: detrás de las consignas hay petróleo, proyección internacional y una disputa por control político en el Atlántico Sur.
Imagen generada con IA
Lídereslunes 14 de septiembre de 2026

La tensión entre Argentina e Inglaterra por Malvinas/Falklands volvió al primer plano 44 años después de la guerra de 1982, con Donald Trump, Javier Milei y la explotación petrolera en el centro del cuadro. El conflicto ya no se limita a una vieja disputa histórica: ahora incorpora cálculos geopolíticos, intereses energéticos y señales cruzadas entre Washington, Londres y Buenos Aires.

Todo arrancó con un gesto simbólico en julio, cuando futbolistas argentinos mostraron una pancarta sobre las islas al vencer a Inglaterra en la semifinal del Mundial. Pero el verdadero giro llegó después, cuando Trump sugirió que podría revisar la tradicional posición neutral de Estados Unidos sobre el tema. «Siempre reviso todas las posturas», respondió el presidente estadounidense cuando la BBC le preguntó al respecto en una rueda de prensa hace más de dos semanas.

Ese comentario abrió espacio para que Milei endureciera su postura. El presidente argentino dijo, mencionando a Trump, que «en el mundo corren vientos de cambio favorables» al reclamo de soberanía de su país sobre las islas y anunció sanciones económicas a las empresas que exploten petróleo en ese territorio británico de ultramar. Más tarde afirmó en cadena nacional que «las Malvinas son argentinas, por historia y por derecho».

Londres, por su parte, reiteró que respetará el derecho de los isleños a elegir ser británicos. «Seremos implacables en defender eso», sostuvo el primer ministro británico, Andy Burnham, la semana pasada ante el Parlamento. El dato importa más que el ruido: la disputa volvió a tener una relevancia internacional inusual porque, esta vez, no se juega solo en el registro diplomático, sino también en torno a recursos, rutas y presencia estratégica.

Milei aprovechó la coyuntura para abandonar su estrategia moderada sobre las islas y lanzar un reclamo enérgico que tradicionalmente tiende a unir a los argentinos. Según Henry Ziemer, investigador del CSIS, eso le permite «demostrar fortaleza» y «afirmarse en el escenario internacional». Pero Ziemer también apunta a explicaciones económicas y geopolíticas más concretas.

Entre ellas está el proyecto Sea Lion, destinado a extraer petróleo offshore unos 220 kilómetros al norte de Malvinas/Falklands. Milei señaló su rechazo a esa iniciativa y advirtió a las grandes petroleras internacionales que quieren desarrollar negocios en Argentina que «tendrán que elegir» entre hacerlo allí o en las islas. La principal firma que participa del proyecto Sea Lion es Navitas, de capitales israelíes, contra la cual el gobierno argentino anunció una denuncia penal en el país la semana pasada.

La cuestión, sin embargo, también se cruza con la política exterior de otros actores. El ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, pidió en X que su país «reconozca públicamente que las Malvinas son territorio argentino ocupado», justo cuando el gobierno británico se aprestaba a anunciar sanciones económicas a los asentamientos israelíes en Cisjordania que considera ilegales. Es un recordatorio de que los gestos sobre Malvinas/Falklands se insertan en un tablero más amplio, donde cada capital lee oportunidades y costos.

Ziemer vincula el renovado debate con el valor del archipiélago y su historia accidentada, pero advierte que no se debe minimizar la creciente importancia del Atlántico Sur. La Antártida recibe cada vez más atención; China ha construido estaciones de investigación; se mencionan rumores de explotación futura de recursos naturales; y podría aumentar el flujo comercial por el Atlántico Sur si el Canal de Panamá sigue con problemas de nivel de agua. En ese contexto, el archipiélago cercano podría ganar relevancia, al igual que una base naval integrada como la que Milei dijo que construirá en Tierra del Fuego.

La vieja guerra de 1982 ya mostraba que estas disputas nunca son puramente sentimentales. La dictadura argentina buscó apoyo popular en medio de una crisis económica interna, mientras el gobierno de Margaret Thatcher proyectó firmeza al enviar una poderosa fuerza naval al archipiélago. En plena Guerra Fría, EE.UU. terminó apoyando con inteligencia y logística a su gran aliado europeo de la OTAN antes que a la junta militar argentina.

La lección sigue vigente. Cuando las islas vuelven a moverse en el tablero, no lo hacen por nostalgia sino por incentivos. Y ahí aparece la verdadera disputa: quién controla el relato, quién conserva la soberanía efectiva y quién capitaliza el valor estratégico de un territorio que hoy pesa más de lo que su geografía sugeriría.

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