Los líderes de Escocia, Gales e Irlanda del Norte se reunirán este lunes en Cardiff para firmar un «memorando de entendimiento» y avanzar en un plan de ruptura del Reino Unido, según informó The Telegraph.
En la cumbre participarán Rhun ap Iorwerth, de Plaid Cymru; John Swinney, del Partido Nacionalista Escocés (SNP); y Michelle O’Neill, del izquierdista Sinn Féin. Los tres son independentistas, y redactarán una declaración conjunta en la que exigirán el derecho a celebrar referendos de independencia en sus territorios.
La reunión se produce después de que Andy Burnham sugiriera a los diputados que autorizaría otro referéndum escocés si existiera un «claro consenso» a favor del mismo. Dos semanas después, Burnham afirmó que un referéndum sobre la salida de Irlanda del Norte del Reino Unido estaba «fuera de discusión» por el momento.
El encuentro de Cardiff también coincide con unas declaraciones de Donald Trump que sacudieron a Inglaterra. El presidente estadounidense dijo, junto al primer ministro irlandés, Micheál Martin, que le encantaría ver una Irlanda unificada y que «eventualmente va a suceder». Más tarde añadió que no había «una buena respuesta» a una cuestión que durante décadas dividió a la isla, aunque insistió en que sería «algo muy bueno».
Trump abrió así un frente político inesperado durante su visita a Dublín, al pronunciarse a favor de una eventual reunificación de Irlanda con Irlanda del Norte. La reacción de los unionistas norirlandeses fue inmediata, según la misma fuente.
El futuro constitucional de Irlanda del Norte sigue regulado por el Acuerdo del Viernes Santo de 1998, que puso fin a tres décadas de violencia sectaria conocida como «The Troubles» y estableció las bases del actual sistema de poder compartido.
Conviene mirar los incentivos. Cuando los líderes regionales convierten la independencia en agenda común, no solo tensionan la arquitectura territorial del Reino Unido: también trasladan la discusión desde la gestión cotidiana hacia la política identitaria, donde el coste institucional suele pagarse durante años.
La historia sugiere cautela. Los referendos, cuando se usan como atajo para resolver disputas de soberanía, pueden ofrecer claridad momentánea; pero también abren incertidumbre sobre fronteras, reglas y lealtades. En una coyuntura ya frágil, el orden constitucional deja de ser un detalle técnico y pasa a ser el activo principal a defender.


