Laura Miranda vuelve sobre un terreno reconocible para cualquiera que haya mirado hacia atrás con alguna duda. En Laberinto del alma, retoma a Eliseo Dumas, un personaje que deja en suspenso su plan de escalar el Manaslu para regresar de Roma a Buenos Aires, atender la enfermedad de su padre y la empresa familiar, y reencontrarse con Ana Novak, un amor de juventud que nunca llegó a concretarse.
La premisa de la novela es sencilla y, justamente por eso, eficaz: un amor pasado reaparece cuando el presente parece ordenado. Ana tiene hijos, un matrimonio feliz y una vida construida; Eliseo vuelve con una existencia acomodada, pero cargado por la herida de lo no resuelto. El reencuentro reactiva una tensión que la autora presenta como una mezcla de dudas, atracción y memoria.
Miranda dice que «todos sin excepción» guardan en algún rincón de sí un «qué hubiera pasado si hubiese tomado otra decisión». Ese interrogante atraviesa la historia y ordena buena parte de su reflexión sobre los vínculos. No se trata solo de una nostalgia romántica, sino de la persistencia de decisiones que el tiempo no borra por completo.
Uno de los núcleos del libro es la infidelidad, entendida de un modo más amplio que la consumación física. Miranda afirma que no hay una sola forma de deslealtad y que los mensajes, los encuentros secretos y el deseo dirigido a otra persona pueden configurar una traición antes de cualquier intimidad. En la novela, la simultaneidad entre el pasado que reaparece y el presente ya construido instala culpa y obliga a los personajes a preguntarse qué están dispuestos a ocultar.
La autora también formula una idea que excede la trama y toca un debate cultural más amplio: «El problema no es estar solo sino no estar bien con uno mismo». Su planteo es claro. Una pareja no completa a nadie; antes de compartir la vida con otro, dice, el desafío es estar en equilibrio con uno mismo. Conviene mirar los incentivos: si el compromiso se percibe como una limitación a la libertad, el vínculo deja de ser una elección madura y pasa a vivirse como una renuncia.
Ese punto importa porque, bajo la superficie de la historia, aparece una tensión muy contemporánea. Ana y Eliseo no están ante una fantasía abstracta, sino ante una posibilidad afectiva concreta, sostenida por recuerdos, culpas y la tentación de reescribir el pasado. Miranda se pregunta incluso si un beso no basta ya para hablar de infidelidad, o si el engaño empieza antes, cuando se sostienen conversaciones y encuentros que nadie más verá.
Hay también una lectura menos sentimental y más severa sobre el tiempo. La autora advierte que no toda historia interrumpida quedó realmente pendiente. Para que lo fuera, dice, debería existir la certeza de que ambos querían seguir y que la separación obedeció a circunstancias ajenas e imposibles de modificar. De otro modo, el tiempo no preserva un amor puro: apenas conserva una imagen idealizada.
Esa es, quizá, la parte más sólida de la novela. No romantiza el pasado por inercia ni condena el presente por desorden. Observa cómo la memoria puede convertir una relación incompleta en una promesa exagerada, y cómo la libertad personal también exige hacerse cargo de las consecuencias de elegir o no elegir.
Laura G. Miranda, que vive en Mar del Plata y desarrolló una obra dentro de la novela romántica contemporánea en América Latina, trabaja desde ese ángulo con una claridad poco común. Sus personajes no solo aman; también negocian con sus límites, sus dudas y sus evasiones. Y ahí está el punto decisivo: el costo de postergar decisiones no es abstracto. Se paga en forma de incertidumbre, de culpa y, muchas veces, de una soledad que no siempre proviene de estar solo, sino de no saber sostener un compromiso con libertad y responsabilidad.


