La mañana del 11 de septiembre de 1973, mientras las fuerzas armadas se movilizaban contra el gobierno del presidente Allende, algunos kioscos de Santiago exhibían la nueva edición de la revista Ritmo. El número 419 de esa publicación —fundada en 1965 y orientada al público juvenil— traía entre sus páginas una breve nota sobre Víctor Jara. Junto con una entrevista publicada ese mismo día por la revista Ramona, constituye una de las últimas referencias de prensa en que figuró el nombre del artista antes de su arresto y posterior asesinato.
La nota daba cuenta de una gira de treinta días que Jara había realizado a fines de julio por las ciudades peruanas de Lima, Arequipa, Trujillo, Chiclayo y Cuzco, a invitación del Instituto Nacional de Cultura del Perú. Según el texto, el cantautor ofreció varios recitales en el Teatro Municipal de Lima y declaró que lo que más le impactó del viaje fueron las ruinas de Machu Picchu, que visitaba por primera vez.
La invitación había llegado a través del poeta peruano Arturo Corcuera, amigo de Jara, quien actuó en nombre del Instituto Nacional de Cultura. En Lima, el cantautor coincidió con el pianista chileno Roberto Bravo, que ofrecía presentaciones con la orquesta sinfónica local. «Lo conocí en Lima», recordó Bravo. «Yo tenía que tocar con la sinfónica de allá en el Teatro Municipal y me contaron que un artista chileno iba a cantar la noche anterior. Entonces yo fui a conocer el Teatro y me encuentro con Víctor solo en el escenario, con su poncho negro, cantando Luchín. Me emocionó profundamente su voz y la ternura con la que cantaba.» Bravo logró llegar a los camarines y estrecharle la mano; acordaron verse en Santiago, donde Bravo tenía un concierto en el Instituto de la República Democrática Alemana.
Durante esa estancia en Perú, Jara se enteró del llamado «Tanquetazo», el primer intento de golpe de Estado contra el gobierno de Allende. En testimonios posteriores detalló que su agenda había estado tan cargada de solicitudes que no pudo atender todas las invitaciones recibidas.
La nota de Ritmo cerraba con una proyección que el golpe haría imposible: «Actualmente, hay un disco de Jara editado en Perú, y se espera que pronto salga un LP antes del término de septiembre.» La frase quedó suspendida en el tiempo.
No era la primera vez que Jara aparecía en esas páginas. Ya en el número 51, de agosto de 1966, la revista le había dedicado una entrevista a propósito de sus primeros sencillos, cuando era conocido principalmente como director teatral —había obtenido el Laurel de Oro 1965 y el Premio de la Crítica del mismo año por las obras La Maña y La Remolienda, montadas por el ITUCH— y anticipaba su primer disco. «Las dos llenan una necesidad en mi vida, ya que ella gira alrededor de tres elementos imprescindibles para mí: la familia, el teatro y el canto», declaró entonces.
Así, al inicio y al final de su trayectoria pública, una misma publicación enmarcó su presencia en la cultura chilena.
El dato importa más que el ruido. Lo que este hallazgo documental subraya no es solo la biografía de un artista, sino la textura cotidiana de una sociedad que, la mañana de una ruptura histórica, seguía comprando revistas de música en los kioscos. La historia sugiere cautela ante las narrativas que convierten el pasado en monumento: los hechos, en su pequeña escala —una nota de prensa, una gira, un concierto en Lima—, revelan una vida en curso que la violencia interrumpió de forma abrupta. Ese contraste entre la normalidad del martes y la magnitud de lo que ocurrió ese mismo día es, quizás, el documento más elocuente que Ritmo pudo dejar sin proponérselo.



