Abraham González calculó su salida de México con la misma lógica con la que mide inversiones y probabilidades. Hace 5 años se fue a estudiar un Máster en Ciencias de Datos a la Universidad de Manchester, acompañado por Patricia D’Arcy, quien obtuvo un paquete de relocalización con mudanza y visados para los dos.
La mudanza no fue un salto al vacío. Antes de partir, González había pasado por Reforma, El Financiero y Reuters. Para 2021, según el relato de la columna, su carrera marchaba bien: «buen trabajo, buena vida». Pero eligió abandonar ese equilibrio para explorar nuevas experiencias y abrir una ruta profesional fuera de México.
La adaptación, sin embargo, tuvo costos concretos. En Mánchester, el acento local le complicó la vida. «Escuchábamos palabras, pero no entendíamos nada», recuerda. También enfrentó un mercado laboral descrito como feroz, en el que aplicó a cerca de 200 trabajos. La competencia, dice, era contra profesionistas de todo el mundo.
El arranque en Reino Unido exigió resistencia y más gasto. Hubo dos mudanzas en año y medio y una separación geográfica semanal mientras él buscaba afianzarse en Londres y su esposa seguía en Mánchester. Después llegó Bloomberg, donde cubre mercados de deuda y bonos europeos. Más tarde vino otra prueba: la vivienda.
Las rentas son caras y González y D’Arcy tienen un perro. Aun así, lograron comprar una casa «que ni en sueños imaginamos», aunque requería trabajo. En ese proceso, el actuario tuvo que desempeñarse como constructor, plomero y electricista: tiró muros, selló tuberías, levantó bardas y aprendió de calefacciones. La experiencia le dejó una conclusión simple: lo accesible en México puede convertirse en lujo fuera del país.
El dato nuevo más relevante es que la pareja ya obtuvo la residencia permanente. En septiembre de 2027 será elegible para la ciudadanía. González describe ese punto como el momento en que la puerta deja de ser de un solo sentido y pasa a ser de doble vía para transitar entre Londres y la Ciudad de México sin perder el capital acumulado.
No ve su salida como una pérdida irreversible, sino como una cobertura financiera. «Vine a vivir nuevas experiencias, pero también quiero construir garantías para nuestro eventual regreso a México», dice. En su balance personal, el esfuerzo se multiplica con el trabajo que ha compartido durante 14 años con Paty: «Nada de esto hubiera sido posible sin ella». El relato es íntimo, pero también económico. Migrar, en este caso, ha significado comprar flexibilidad a costa de incomodidades, adaptación y más trabajo.
La historia importa porque pone en primer plano un incentivo básico que muchos gobiernos olvidan: el talento se mueve hacia donde encuentra oportunidades, estabilidad y reglas claras. Cuando un profesional mexicano puede convertir su carrera en una opción de vida en Londres, no gana solo él. Ganan también las instituciones y los mercados que logran atraer y retener capital humano.
Conviene mirar los incentivos. Si el regreso a México queda pospuesto hasta que la ecuación personal cierre, no es por nostalgia, sino por rendimiento. Y esa es una lección incómoda para cualquier país: la libre empresa y la movilidad laboral premian a quien ofrece mejores condiciones; el resto termina pagando el costo de perder talento.



