Más de siete meses dentro de la guerra, Washington sigue sin responder la pregunta que ha perseguido a la política estadounidense desde 1979: ¿qué desenlace político busca y cómo piensa alcanzarlo con fuerza militar?
Ese vacío importa porque, como recuerda el exoficial del Ejército que firma la pieza, destruir las fuerzas de un adversario no equivale a lograr victoria. La victoria es el resultado político que esas operaciones pretendían producir.
Donald Trump presentó a Irán una disyuntiva en la ONU: alcanzar un acuerdo que permitiera al país reconstruirse o enfrentar la destrucción de la República Islámica. Al día siguiente, Masoud Pezeshkian rechazó la rendición, aunque dejó abierta la puerta a negociaciones.
La confrontación actual no nació en esta guerra. El autor la sitúa en la toma de la embajada estadounidense en Teherán el 4 de noviembre de 1979, cuando 52 estadounidenses soportaron 444 días de cautiverio. Desde entonces, la relación hostil ha sobrevivido a ocho presidentes estadounidenses.
Hubo otros intentos de resolver el choque por la vía militar y diplomática. En abril de 1988, después de que el USS Samuel B. Roberts golpeara una mina iraní, Ronald Reagan autorizó la Operación Praying Mantis. En un solo día, fuerzas estadounidenses hundieron dos barcos iraníes y destruyeron dos plataformas de vigilancia. Aun así, la confrontación continuó.
El acuerdo nuclear de 2015 buscó limitar a Teherán mediante restricciones negociadas e inspecciones internacionales. Trump se retiró de ese pacto en 2018 y restableció sanciones económicas. Ninguno de esos enfoques resolvió el enfrentamiento más amplio.
La escalada más reciente fue mucho más lejos. Los ataques estadounidenses de junio de 2025 golpearon tres instalaciones nucleares clave. Luego, el 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Epic Fury, con la que comenzó la guerra actual. Ali Khamenei murió el primer día.
Siete meses después, Irán ha sufrido pérdidas militares extensas, como subrayó Trump en su discurso del 22 de septiembre ante la ONU. Pero dañar las fuerzas iraníes no es lo mismo que alcanzar los objetivos políticos de la campaña.
Ahí está el problema de fondo. Pete Hegseth definió en marzo la meta como «sin armas nucleares, sin armada y un desmantelamiento completo de su programa de misiles y de su base industrial de defensa». Más tarde se añadió la reapertura del estrecho de Ormuz. Sin embargo, la administración nunca declaró explícitamente el cambio de régimen como objetivo, aunque el presidente ahora habla de destruir la República Islámica.
El dato importa más que el ruido. Los hechos descritos muestran una campaña con medios militares claros, pero con una salida política todavía borrosa. Y cuando una guerra no define su final, el aparato estatal corre el riesgo de medir avances en daños, no en resultados.
Para los contribuyentes y para la seguridad de Estados Unidos, ese vacío no es una abstracción. Una estrategia sin definición de victoria puede alargar el costo humano, fiscal y geopolítico de la guerra.
También deja a aliados y mercados en una zona de incertidumbre sobre el orden internacional. Si la Casa Blanca quiere convertir presión militar en una paz duradera, tendrá que decir qué tipo de Irán busca después de la guerra y qué precio está dispuesta a pagar por llegar allí. Sin eso, la fuerza es sólo una herramienta; no una política.


