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La extrema derecha alemana capitaliza el descontento y presiona a Merz

La AfD obtuvo el 44% de los votos en Sajonia-Anhalt y volvió a exhibir el costo político de una clase dirigente que no convence. Conviene mirar los incentivos: cuando la política convencional fracasa, el voto de castigo abre espacio a los extremos.
Imagen generada con IA
Europadomingo 13 de septiembre de 2026

La AfD consiguió el 44% de los votos en Sajonia-Anhalt y, por primera vez, una fuerza de extrema derecha se impuso en unas elecciones regionales en un estado federado alemán desde la Segunda Guerra Mundial. El dato, por sí solo, ya marca un precedente político de peso.

El partido antiinmigración, prorruso y negacionista del cambio climático mira ahora las elecciones regionales del 20 de septiembre en Mecklemburgo-Pomerania y en Berlín. El canciller Friedrich Merz, tras el resultado en Sajonia-Anhalt, prometió un cambio de rumbo de su Ejecutivo para recuperar «la simpatía de la ciudadanía», aunque admitió que no puede conseguirse en el corto plazo.

Cas Mudde, politólogo neerlandés y experto en derechas radicales, dijo en entrevista con La Tercera que no cree que el resultado sea un punto de inflexión. A su juicio, era algo ampliamente esperado y el resultado incluso superó ligeramente las previsiones de las encuestas. Añadió que la AfD ya obtuvo cerca del 37% de los votos en las elecciones federales de 2025 en ese estado concreto.

Mudde sostuvo que la AfD es, con diferencia, el partido más votado o el segundo más votado en casi todos los estados del este. En su lectura, eso no es una anomalía sino una evolución casi natural, aunque no inevitable. El elemento clave, dijo, es el descontento generalizado con la clase política tradicional.

Ese descontento no aparece aislado. Mudde afirmó que, en la mayoría de los países, es casi exclusivamente la extrema derecha la que saca provecho de la insatisfacción con la política convencional. También subrayó que, en el contexto alemán oriental, la izquierda no ofrece una alternativa que se perciba al margen del mainstream.

Sobre la diferencia entre el este y el oeste de Alemania, Mudde observó que la fortaleza de la AfD en el Este hace parecer menor su desempeño en el Oeste. Sin embargo, dijo que en el Oeste obtiene entre un 15% y un 20%, una cifra que no es mucho menor. A su juicio, el problema es que se tiende a restar importancia a la AfD en el Oeste precisamente porque su apoyo en el Este es mucho mayor.

El politólogo también fue tajante sobre la naturaleza del partido. Señaló que la AfD se cuenta entre los más extremos de todos los partidos de ultraderecha y que no es tan abiertamente neonazi como Amanecer Dorado en Grecia, pero coquetea constantemente con el nacionalsocialismo. Añadió que hay personas en la cúpula del partido que en el pasado formaron parte de organizaciones abiertamente neonazis.

Mudde matizó, sin embargo, que el contexto alemán actual es muy distinto al de la República de Weimar. Recordó que la República Federal de Alemania surgió de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, gracias al «milagro económico», y se convirtió en el país más poderoso de Europa. Por eso, dijo, cuenta con una democracia sólida y hasta cierto punto popular.

La paradoja, según Mudde, es que incluso entre los votantes de la AfD muchos apoyan la democracia, aunque su partido tal vez no lo haga. Entonces, ¿por qué votan por esa fuerza? Su respuesta fue que la protesta importa, pero no explica todo: casi todos ellos están especialmente descontentos con la inmigración y tienen una visión étnica, o incluso racial, de lo que significa ser alemán.

En ese punto, el problema ya no es solo electoral. Es institucional. Cuando una parte creciente del electorado siente que la clase política tradicional no representa sus intereses ni controla las fronteras simbólicas y materiales del Estado, la confianza en el orden político se erosiona. Y cuando esa erosión beneficia a la extrema derecha, el costo recae sobre la estabilidad democrática y sobre la capacidad del sistema para producir consensos.

Para Alemania, la lección es incómoda pero clara: no basta con condenar a la AfD; hay que entender por qué prospera. Si la política convencional no ofrece respuestas creíbles, el votante castigará al establishment con más dureza. El mercado electoral, como cualquier otro, responde a incentivos. Y hoy el incentivo dominante es castigar a quienes gobiernan.

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