Mahmoud Khalil apareció en CNN el lunes y, ante una pregunta de Kaitlan Collins sobre si condenaría a Hamas, respondió que era una pregunta «tonta» y «deshonesta», según la fuente consultada. Hamas está designado por el Departamento de Estado como organización terrorista por, entre otras cosas, asesinar estadounidenses.
La consecuencia inmediata es política y jurídica: Khalil está siendo deportado por mentir en su solicitud de visa, aunque inicialmente fue detenido por agentes de Inmigración y Control de Aduanas por amenazar la política exterior de Estados Unidos. La pieza afirma además que cualquier persona que quiera naturalizarse debería condenar sin ambigüedades a Hamas, y sostiene que el caso no debe verse como un simple problema de papeleo.
El trasfondo va más allá de una sola figura. Durante las décadas de 1960 y 1970, funcionarios migratorios interrogaban a nuevos llegados sobre sus vínculos con partidos comunistas. El artículo recuerda que los inmigrantes eran, y siguen siendo, obligados a rechazar asociaciones con movimientos iliberales, grupos violentos e ideologías subversivas. Ese criterio, bien aplicado, protege el orden público y el contrato cívico que hace posible la libre empresa y la convivencia.
La columna también vincula a Khalil con Columbia University Apartheid Divest, el grupo del que fue «negociador principal» y que, según el texto, protagonizó disturbios en la universidad en 2024. Allí, siempre según esa fuente, el objetivo del grupo era luchar por la «erradicación total de la civilización occidental», la «intifada global» y la «resistencia armada» de Hamas. Son consignas que chocan frontalmente con cualquier noción de ciudadanía responsable.
El texto añade otro dato relevante: el problema de expulsar a agitadores antiestadounidenses ha tomado años y probablemente millones de dólares en honorarios legales. Conviene mirar los incentivos. Si resulta tan difícil y costoso sacar del país a personas que incitan desorden, la política pública tiene un problema de entrada, no solo de salida.
En ese punto, la discusión ya no es sentimental sino institucional. Un Estado serio no puede tratar la frontera como un gesto simbólico ni la naturalización como una cortesía automática. Si el sistema promete protección a quienes desprecian abiertamente sus reglas, el mensaje es que la ley llega tarde y cuesta demasiado.
La lección es incómoda pero clara: la soberanía migratoria existe para algo. No se trata de negar la libertad de expresión en abstracto, sino de distinguir entre disentir y fomentar violencia, entre integrarse y sabotear. Cuando esa frontera se borra, el que paga no es solo el contribuyente; también paga la cohesión civil que sostiene a la república.


