La reputación de Donald Trump en el orden internacional —y el peso de Occidente en las décadas por venir— se juega, según analistas cercanos a la administración, en el desenlace del enfrentamiento con la República Islámica de Irán.
La tesis es directa: Estados Unidos está ganando esa batalla, pero todavía no la ha ganado. Y podría perderla.
Un adversario distinto
El argumento central de quienes siguen de cerca la política exterior de Washington es que Irán no es un actor disuadible en el sentido convencional. Xi Jinping puede ser disuadido. Vladimir Putin puede ser disuadido. Ambos, según este análisis, carecen de deseo evidente de morir o de que la historia termine.
Irán, en cambio, está gobernado por lo que sus críticos denominan fanáticos religiosos cuya cosmovisión —el llamado «chiismo duodecimano» o «Twelver»— asigna valor positivo al martirio y contempla que la turbulencia puede acelerar el retorno del Duodécimo Imán. Bajo esa lógica, la «supervivencia del régimen» ocupa un lugar secundario respecto a la misión que sus líderes se atribuyen.
Cuando el ayatolá Jomeini aceptó el cese al fuego con Irak en 1988 —el llamado «cáliz envenenado»— no lo hizo por temor a una revuelta popular, sino porque calculó que el tiempo corría a su favor. El comandante en jefe actual de los Guardianes de la Revolución, Ahmed Vahidi, opera, según esta lectura, en condiciones muy distintas: un régimen que ya vive de tiempo prestado, con una economía destrozada y una hiperinflación que erosiona su base de apoyo.
El costo de retroceder
La advertencia que circula en los círculos de política exterior próximos a la Casa Blanca es inequívoca: si Trump persevera, la batalla puede ganarse. Si abandona el campo, el resultado podría ser el peor desastre de política exterior estadounidense desde la retirada de Afganistán ordenada por Joe Biden en 2021, comparable incluso al trauma de Vietnam.
Esa doble perspectiva —victoria histórica o derrota histórica— es precisamente la que, según estos analistas, hace altamente probable que el presidente mantenga el rumbo.
Lo que está en juego
Conviene mirar los incentivos. Irán ha financiado décadas de violencia proxy, desde Hezbolá hasta las milicias que operaron en Irak y que, según informes recientes, atacaron una base en Jordania donde servían militares estadounidenses. Cada concesión sin contrapartida verificable ha reforzado la percepción de que el coste de provocar a Washington es manejable.
El dato importa más que el ruido: la economía iraní sufre una presión sin precedentes, y el régimen sabe que su margen de maniobra se estrecha. Esa vulnerabilidad es, paradójicamente, el momento de mayor peligro y de mayor oportunidad para la diplomacia coercitiva.
La lectura de Continente
La historia sugiere cautela ante cualquier declaración de victoria prematura. Pero también sugiere que las potencias que vacilan cuando tienen ventaja suelen pagar ese titubeo durante generaciones. El libre mundo —sus mercados, sus alianzas, su arquitectura de seguridad— depende de que Washington no confunda el agotamiento con la prudencia.
Trump llegó a la presidencia prometiendo resultados, no procesos. En Irán, el proceso ha avanzado. El resultado todavía está por escribirse.



