Tokio registró en agosto un superávit por cuenta corriente de 4,06 billones de yenes, equivalentes a unos 22.965 millones de euros, informó el Gobierno japonés. La cifra fue 12 % superior a la del mismo mes del año anterior, según los datos preliminares publicados por el Ministerio de Finanzas del archipiélago.
El dato central convive, no obstante, con una señal menos cómoda para la economía japonesa: la balanza comercial arrojó un déficit de 687.700 millones de yenes, o 3.888 millones de euros. Ese resultado contrasta con el superávit de 113.800 millones de yenes del año pasado y además empeora frente al déficit de 399.900 millones de yenes del mes precedente.
Las exportaciones crecieron 16,9 % interanual, hasta 9,86 billones de yenes, mientras que las importaciones aumentaron 26,7 %, hasta 10,55 billones de yenes. Conviene mirar los incentivos: cuando las compras al exterior avanzan más rápido que las ventas, el margen comercial se estrecha y el equilibrio externo depende cada vez más de otras cuentas menos visibles para el público.
Ahí aparece el sostén principal del resultado de agosto. La cuenta de rentas registró un saldo positivo de 5,13 billones de yenes, un 21,6 % interanual más. La cuenta de transferencias, en cambio, mostró un déficit de 267.700 millones de yenes, aunque la caída fue de 39,4 % respecto de un año antes. En paralelo, la balanza de servicios siguió en rojo con 115.800 millones de yenes, si bien mejoró frente al déficit de 266.700 millones de yenes del mismo mes del año anterior.
La balanza de pagos, que recoge los pagos e ingresos por intercambios con el exterior de bienes, servicios, rentas y transferencias, sigue siendo uno de los indicadores más amplios del vínculo de Japón con el resto del mundo. Su lectura completa importa más que la fotografía parcial de un solo componente.
Para el lector, la señal es doble. Por un lado, Japón conserva un superávit externo holgado en términos de cuenta corriente. Por otro, el deterioro de la balanza comercial recuerda que la competitividad no se sostiene sola: depende de productividad, costos y capacidad de vender al mundo más rápido de lo que el país compra.
La historia sugiere cautela. Un superávit total puede ocultar tensiones en el frente comercial, y esas tensiones suelen reaparecer cuando la cuenta de rentas pierde impulso o cuando las importaciones siguen ganando velocidad. En un orden internacional cada vez más sensible a costos y cadenas de suministro, el equilibrio externo no es un lujo estadístico, sino una expresión de fortaleza económica real.
Japón todavía presenta números positivos en el agregado. Pero la composición de esos números importa, y mucho. Cuando el comercio de bienes se deteriora mientras el superávit descansa en ingresos financieros y de rentas, la economía muestra resiliencia, sí, aunque también una dependencia mayor de flujos menos visibles y más volátiles. Ese es el tipo de equilibrio que conviene vigilar, no celebrar sin matices.


