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Israel y Palestina: la historia que no cabe en la retórica de la guerra

La discusión sobre Gaza sigue atrapada entre la memoria judía, la ocupación y una guerra que, según el material recibido, ha dejado más de 70 mil muertos. El dilema de fondo no es solo militar: es político, histórico y moral.
Lídereslunes 5 de octubre de 2026

Han pasado tres años del ataque de Hamas y del inicio de una guerra que ha provocado la muerte de más de 70 mil personas, mientras la discusión pública sobre Israel y Palestina se endurece en torno a una palabra que domina todo: genocidio.

Dos historiadores israelíes, Daniel Blatman y Amos Goldberg, publicaron el 30 de enero de 2025 en Haaretz el texto «No hay Auschwitz en Gaza. Pero es un genocidio». Allí sostienen que, cuando termine la guerra, los israelíes tendrán que mirarse en el espejo y enfrentar «la profundidad del horror» que, a su juicio, han impuesto en Gaza. También afirman que lo ocurrido en Gaza no es la Shoah, aunque sí pertenece «a la misma familia» de crimen.

El debate no se agota en esa afirmación. El texto recupera voces judías e israelíes que, desde hace décadas, vinculan la conducta del Estado de Israel con una degradación del judaísmo como idea y como historia. Philip Roth, en The Counterlife de 1986, puso en boca de un personaje palestino la idea de que Israel era un «Estado fundado sobre la fuerza, la arrogancia y la voluntad de dominar». Más tarde, en Operation Shylock: A Confession, un judío decía que defendía a los judíos precisamente porque veía a Israel como una amenaza grave para su vida.

También se cita la carta que Franco Lattes Venturi publicó en Il Manifesto el 24 de mayo de 1989 y que el diario volvió a publicar en 2009 y en 2023, después de la masacre perpetrada por Hamas el 7 de octubre. Venturi advertía que si el Estado de Israel, en nombre del judaísmo, mata a un solo palestino o hace perder un solo día de clase a un niño palestino, «destruye o deforma el honor del judaísmo».

La pieza sitúa esa discusión en una secuencia histórica más larga: la primera Intifada en 1989, la segunda en 2000, el endurecimiento de la ocupación, la colonización de los territorios ocupados desde 1967 y la asfixia de 2,500,000 palestinos en una Franja de Gaza completamente sellada desde 2021. Sobre esa base, varios historiadores israelíes —entre ellos Omer Bartov, Amos Goldberg, Lee Mordechai, Ilan Pape y Shlomo Sand— aparecen como parte de una primera línea crítica frente a la política de guerra de Israel.

El argumento central es que la negación de la historia y de la política impide ver la opresión de los palestinos. Según esa lectura, la opinión favorable a Israel reduce cualquier crítica a antisemitismo y borra el hecho de que, antes de Octubre 7, ya caían bombas sobre Gaza.

La historia, sin embargo, no se deja domesticar por consignas. Conviene mirar los incentivos. Cuando un conflicto se convierte en disputa permanente sobre identidad, legitimidad y memoria, el espacio para un acuerdo político se reduce y la violencia encuentra nuevos argumentos para perpetuarse. El dato importa más que el ruido.

Hay además un problema de orden internacional. Si la guerra prolongada y la ocupación siguen devorando legitimidad, el costo no recae solo sobre los gobernantes de turno: recae sobre sociedades enteras, sobre minorías expuestas al odio y sobre cualquier marco que aspire a coexistencia real. La historia sugiere cautela.

Lo que queda, para israelíes y palestinos, es la pregunta que el texto coloca en el centro: si puede haber reconocimiento mutuo sin una batalla previa por la verdad histórica. Mientras esa respuesta no exista, el conflicto seguirá alimentando su propia maquinaria de destrucción.

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