El Ministerio de Exteriores de Irán cargó este martes contra el canciller alemán, Friedrich Merz, por sus reproches a Teherán sobre la guerra, el «programa nuclear militar» y los «socios» iraníes.
El portavoz iraní de Exteriores, Esmaeil Baqaei, dijo en una publicación en redes que la narrativa de Merz está «deliberadamente distorsionada» y que fue «USrael» —la unión de los nombres de Estados Unidos e Israel—, y no Irán, quien inició una «guerra de agresión» contra la República Islámica.
Baqaei acusó además al Gobierno alemán de no haber mostrado «ni siquiera el mínimo valor moral necesario para condenarla». En la misma intervención, rechazó que esos grupos sean simples aliados de Teherán y sostuvo que son «actores independientes con sus propias causas y cálculos bien definidos».
Irán también negó tener un programa nuclear militar. Baqaei afirmó que «Irán no tiene ningún programa nuclear 'militar'», pese a lo que describió como la repetición de la «gran mentira» por parte de los defensores de Israel.
El portavoz iraní reprochó asimismo a Alemania su «costumbre de apaciguar a los matones» y afirmó que su región no debería pagar «el precio del complejo de culpa de Alemania». También dijo que Berlín no puede respaldar el «trabajo sucio» y luego presentarse como defensora de la paz y maestra de moral.
La respuesta de Teherán llegó después de que Merz instara en la víspera a Irán a «poner fin de una vez por todas a este bloqueo» del estrecho de Ormuz, a «detener su programa nuclear militar» y su «apoyo (...) a grupos afiliados», y a no intensificar el conflicto involucrando a Irak.
Conviene mirar los incentivos. El intercambio muestra hasta qué punto la confrontación entre Teherán y las capitales europeas ya no gira solo en torno a la diplomacia, sino a quién controla la narrativa sobre seguridad, disuasión y legitimidad. Cuando un gobierno acusa a otro de falta de valor moral, la disputa se traslada al terreno de la autoridad política, no solo al de los hechos militares.
Para el orden internacional, el episodio importa porque combina el estrecho de Ormuz, el programa nuclear y el apoyo a grupos armados en una sola ecuación de riesgo. Para Europa, el costo potencial no es abstracto: cada escalada en esa franja del mapa castiga la estabilidad, encarece la incertidumbre y obliga a gobiernos y empresas a operar con márgenes más estrechos. El dato importa más que el ruido, y por ahora el dato es que ninguno de los dos lados parece dispuesto a ceder terreno retórico.
