El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, pidió a Arabia Saudí que una «desde La Meca» a las naciones islámicas contra los «complots» de Washington e Israel, en una entrevista con Al Jazeera difundida a última hora del sábado. La escena importa menos por su retórica que por lo que intenta resolver: cómo preservar margen político y militar en una región donde la presión externa y la guerra se retroalimentan.
Pezeshkian insistió en que Irán «no caerá» y acusó al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de haber «engañado» al presidente estadounidense, Donald Trump, para arrastrarlo a la guerra. También dijo que Israel pensó que el régimen iraní caería «en dos o tres días». Es una formulación útil para Teherán: desplaza el foco hacia la resistencia interna y busca convertir la supervivencia en victoria política.
El mandatario iraní también trató de ensanchar el frente islámico. Calificó de «paso hacia adelante» la alianza defensiva que Arabia Saudí, Turquía y Pakistán suscribieron recientemente en La Meca, y afirmó que Irán está dispuesto a participar, aunque «aún no sabemos los detalles». Conviene mirar los incentivos. Si Teherán logra sentarse en una mesa regional más amplia, reduce su aislamiento. Si no lo logra, seguirá describiendo el conflicto como una ofensiva de Estados Unidos e Israel contra todos los musulmanes.
En ese marco, el presidente iraní sostuvo que los ataques de la República Islámica contra vecinos árabes, incluidos Jordania y Catar, fueron dirigidos contra «las bases estadounidenses» en esos países «desde los que se ataca Irán». La frase es reveladora. Presenta como defensa lo que otros gobiernos probablemente leen como escalada. Y deja claro que la disputa por la narrativa es ya parte central de la contienda.
Sobre las sanciones, Pezeshkian buscó rebajar el golpe político. Dijo que no provocarán una revolución popular, porque la guerra «ha unido a los iraníes». Añadió que Irán superará los problemas «con fuerza» y que, si se cierran caminos, encontrará una alternativa o construirá una nueva. También afirmó que Rusia y China «nos apoyaron mucho políticamente, y también en lo económico». El mensaje no es menor: Teherán quiere mostrar que todavía dispone de respaldos y de capacidad de adaptación.
Pezeshkian también acusó a Estados Unidos e Israel de «incendiar» las guerras en Oriente Medio y sostuvo que, pese a los «actos más brutales en Gaza, Líbano y Siria», no han podido doblegar a esos pueblos. Después se preguntó si Netanyahu podría cambiar al régimen en Irán, cuya población dijo que es de «92 millones» de habitantes. Más allá del tono, el cálculo es evidente: la demografía, la resiliencia y las alianzas externas son los activos que Teherán quiere poner sobre la mesa.
El presidente iraní reconoció, sin embargo, que su país «no se fía» del diálogo con Estados Unidos, porque «suscriben los acuerdos y los incumplen al día siguiente». Aun así, dijo que quiere que Washington cumpla el memorando firmado en junio con mediación de Pakistán. Esa ambivalencia resume la coyuntura: Irán necesita interlocución, pero no confía en ella.
La lectura para la región es incómoda. Si Arabia Saudí acepta el papel que Teherán le ofrece, gana peso como bisagra del mundo musulmán. Si no lo hace, la rivalidad con Irán seguirá ordenando la seguridad regional bajo la sombra de Washington e Israel. En ambos casos, el dato importante es el mismo: la estabilidad depende menos de los discursos y más de si los gobiernos logran contener la escalada sin convertir a sus sociedades en rehenes de la confrontación.

