Francesco Tonucci, pedagogo e investigador italiano de 86 años, volvió a poner en el centro una idea incómoda para buena parte del mundo adulto: el juego, no la clase, sería la experiencia donde los niños aprenden más. Desde su casa en Roma impulsa la campaña #YoSalgoAJugar, un pacto entre chicos, familias y escuelas para que los niños renuncien al celular a cambio de salir a jugar con amigos sin adultos que los acompañen.
Tonucci, también conocido por su seudónimo Frato, vincula esa defensa del juego con su propia infancia. Nacido en Fano, a orillas del Adriático, recuerda como su primer gran recuerdo el bombardeo de 1943. Dice que, para él, aquello fue «como ver fuegos artificiales». Ese recuerdo, junto con noches en refugios y juegos en la calle, alimentó su interés por cómo viven y aprenden los niños.
Su trayectoria está atravesada por una crítica persistente a una escuela que, en su visión, separa demasiado pronto a los chicos de lo que les importa. En la entrevista, dice que la escuela fue durante años «una sucesión de horas sentado y callado», mientras el juego era «la vida». También afirma que en Italia hoy es frecuente una escuela de ocho horas, algo que considera paradójico cuando se presenta como un regalo para los niños.
El investigador del Consejo Nacional de Investigaciones de Italia es además creador del proyecto internacional La ciudad de los niños, una iniciativa que busca escuchar a los chicos y pedirles su punto de vista para generar políticas públicas con la infancia en el centro de la planificación urbana. Según el propio texto, durante los últimos 32 años más de 300 ciudades de Europa y América Latina han adoptado ese enfoque, entre ellas Rosario y la Ciudad de Buenos Aires.
Pero la frase más punzante de Tonucci apunta a un cambio de época: «Hoy los chicos no necesitan imaginar porque el mundo de los adultos ha reconocido a la infancia como un mercado». Esa idea condensa una crítica de fondo. No se trata solo de tecnología, horarios o hábitos familiares, sino del modo en que los adultos organizan el tiempo infantil, y de los incentivos comerciales que hoy capturan esa etapa de la vida.
Conviene mirar los incentivos. Si la infancia se convierte en mercado, el juego deja de ser libertad y pasa a ser consumo guiado, con más intermediación de pantallas, marcas y rutinas diseñadas por otros. Tonucci propone lo contrario: menos tutela, más autonomía; menos mercado, más experiencia propia.
La discusión importa porque toca un principio básico: quién decide sobre el tiempo de los niños. La familia, la escuela y el aparato cultural pueden proteger, pero también pueden reemplazar la experiencia por el control. El enfoque de Tonucci incomoda precisamente porque devuelve la pregunta al origen: qué gana un niño cuando se le permite salir solo, moverse, inventar y compartir sin vigilancia permanente.
Su argumento no idealiza la calle ni niega los riesgos. Más bien recuerda que la infancia también se construye con margen, curiosidad y confianza. En una época que comercializa casi todo, defender el juego es defender un espacio de libertad que no cotiza en ninguna plataforma y que ningún mercado debería capturar por completo.



