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Gilinski asume en Israel y Colombia recompone una embajada con costo político

La designación de Tania Gilinski formaliza el regreso de las relaciones diplomáticas con Israel y reabre una agenda centrada en seguridad, inteligencia y comercio. El giro corrige una ruptura que duró dos años, pero también deja expuesto el precio de las decisiones exteriores tomadas por cálculo político.
Imagen generada con IA
Las Américassábado 3 de octubre de 2026

Tania Gilinski Bacal ya tomó posesión como embajadora de Colombia ante Israel, en acto presidido por el canciller Omar Bula Escobar. Su nombramiento formaliza el restablecimiento de los vínculos diplomáticos entre ambos países, interrumpidos durante dos años.

La designación se produce en medio de una etapa de «renovado impulso de la relación bilateral», después de que el Gobierno de Abelardo de la Espriella resolviera restablecer y fortalecer las relaciones con Israel para profundizar los vínculos entre los dos países. Con esa decisión, el Ejecutivo puso fin a la ruptura iniciada en mayo de 2024, ordenada por Gustavo Petro.

El nuevo giro diplomático también incluyó el traslado de la embajada colombiana de Tel Aviv a Jerusalén, una medida cuestionada por sectores que le atribuyeron motivaciones religiosas por encima de eventuales beneficios para los colombianos en la región. Conviene mirar los incentivos: cuando la política exterior se convierte en extensión de la disputa interna, el costo de corregirla luego suele recaer sobre el Estado y sobre la credibilidad del país.

En paralelo, Colombia se abstuvo ante la declaración del caso Palestina como genocidio en la Asamblea General de las Naciones Unidas, y su delegación estuvo entre las pocas que acompañaron el discurso del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. La secuencia confirma un alineamiento diplomático explícito, acompañado por la presencia de representantes israelíes en Bogotá para abordar políticas contra el antisemitismo.

Bula y el ministro del Interior, Rodrigo Lara, defendieron esa causa, que según la Cancillería responde a una vieja relación diplomática desde 1957. El Ministerio de Relaciones Exteriores definió la misión como parte de una etapa «orientada al diálogo, la cooperación y la promoción de los intereses nacionales» y señaló a Israel como un aliado estratégico.

En ese marco, Gilinski tendrá como prioridad profundizar la cooperación en seguridad e inteligencia estratégica, la lucha contra el crimen transnacional, la ciberseguridad y el intercambio de información. La agenda también contempla oportunidades de trabajo conjunto en agricultura, salud, ciencia, tecnología y comercio.

La embajadora cuenta con tres décadas de experiencia en medios de comunicación, marcas de consumo y tecnología en América Latina y Estados Unidos. Inició su carrera periodística como gerente de Publishing Group, en Caracas, donde lanzó y editó las publicaciones Trade y Gerente. Durante esa etapa negoció una edición en español con los equipos editoriales de Business Week y The Economist.

Antes de su designación diplomática, trabajó en Apple y Procter & Gamble. Además, asesoró a grupos de bienes de consumo y del sector hotelero en estrategias de marca, entrada a mercados y abastecimiento regional en América Latina. También fundó Iguana Productions Group, una franquicia multinacional de entretenimiento infantil con presencia en 14 países.

Gilinski estudió Historia y Francés en Wellesley College, obtuvo una maestría en Estudios de Política Internacional en Stanford University, con énfasis en Desarrollo Económico y Político, habla español, inglés y francés, y tiene conocimientos conversacionales de hebreo. Es hija de Isaac Gilinski Sragowicz, embajador de Colombia en Israel entre 2010 y 2013, y hermana del empresario Jaime Gilinski Bacal.

La nueva misión diplomática tiene un componente claro de orden y seguridad, dos bienes que ningún país con aspiraciones serias puede tratar como accesorios. También muestra que la restauración de una relación bilateral no ocurre gratis: exige tiempo, costos institucionales y una narrativa coherente sobre los intereses nacionales.

Para Colombia, el desafío será convertir el gesto político en resultados verificables. Si la nueva embajada sirve para abrir comercio, cooperación tecnológica y una agenda más firme contra el crimen transnacional, habrá valido la pena. Si termina absorbida por la improvisación o por la política de señales, el contribuyente volverá a pagar la factura.

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