El aeropuerto de Teherán recibió este jueves el primer vuelo operado por una aerolínea extranjera desde el estallido de la guerra en Oriente Próximo, tras la ofensiva lanzada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra Irán.
El vuelo fue operado por Iraqi Airways y aterrizó en el Aeropuerto Imam Jomeini a las 6.50 horas, hora local, después de despegar desde Nayaf, ciudad iraquí a la que volverá durante la jornada, según la cadena pública iraní IRIB.
La ruta pudo realizarse después de que Estados Unidos concediera a la compañía una exención de sanciones para que pudiera volar a Irán. Además, Bagdad anunció un acuerdo con Estados Unidos para que aerolíneas iraníes vuelen desde y hacia Nayaf, con la excepción de Mahan Air.
El contexto importa porque Estados Unidos impuso en septiembre una batería de sanciones contra la industria aeronáutica iraní en el marco de su guerra económica contra Teherán. Esa presión obligó a numerosas aerolíneas del país asiático a cancelar vuelos internacionales, en parte por las prohibiciones anunciadas en respuesta por varios países.
Conviene mirar los incentivos: cuando Washington decide conceder una exención, abre una rendija en un cerco financiero y regulatorio que él mismo ha estrechado. En una guerra económica, una licencia puntual no es un detalle técnico, sino una herramienta de influencia.
Para Irán, el vuelo tiene valor simbólico y operativo porque rompe, aunque sea por un trayecto, la imagen de aislamiento absoluto. Para Estados Unidos, confirma que las sanciones no solo castigan, también administran permisos. Y para Irak, el acuerdo revela que la vecindad con Teherán y la relación con Washington siguen obligando a equilibrar intereses contrapuestos.
El dato importa más que el ruido: en este conflicto, el tráfico aéreo es una extensión de la diplomacia y de la coerción. Quien controla las autorizaciones controla parte del acceso al mercado, a la movilidad y a la normalidad comercial. Esa es una lección útil para cualquier capital que crea que la presión económica opera en línea recta. La realidad es más compleja, y suele dejar espacio para excepciones que revelan dónde reside el poder.
