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Europa condena a Irán pero exige consulta cuando Washington actúa

El argumento del exembajador Sondland expone la contradicción estructural de los aliados europeos: beneficiarse de la disuasión americana y criticar su ejercicio al mismo tiempo.
Imagen ilustrativa
Lídereslunes 20 de julio de 2026

Los gobiernos europeos han dedicado años a advertir que Irán no puede adquirir un arma nuclear. Han condenado el programa de misiles balísticos de Teherán, su financiamiento del terrorismo, el uso de fuerzas proxy, los ataques a la navegación comercial y las violaciones reiteradas de acuerdos internacionales. Cuando el presidente Donald Trump concluyó que la amenaza requería acción militar, la respuesta de buena parte de Europa no se centró en la conducta iraní, sino en si las capitales europeas habían sido suficientemente consultadas.

Esa es la tesis central del exembajador Gordon Sondland, publicada en Fox News: Europa conocía el cuadro de inteligencia. Sus servicios de seguridad han seguido el programa nuclear iraní, el desarrollo de misiles y las redes terroristas durante décadas. Revisaron las mismas evaluaciones de amenaza, observaron las mismas tendencias de enriquecimiento y emitieron muchas de las mismas advertencias. Según Sondland, puede que no tuvieran cada pieza de inteligencia operacional disponible para el presidente, pero entendían la dirección del problema.

La estrategia preferida de Europa, argumenta el exembajador, fue «hacerse el avestruz»: reconocer la amenaza, evitar la decisión difícil, esperar a que Estados Unidos tomara la iniciativa y luego fingir sorpresa ante el resultado. El arreglo es políticamente conveniente: permite a los líderes europeos beneficiarse del poder americano mientras se distancian de su uso. Washington absorbe el riesgo militar y la crítica política; Europa preserva su postura diplomática y se queja del proceso.

El argumento tiene peso geográfico y económico. Las operaciones de inteligencia iraní han llegado a suelo europeo, según señala Sondland. Grupos respaldados por Teherán han amenazado a ciudadanos e intereses europeos. Los misiles iraníes colocan cada vez más territorio europeo dentro de su alcance. Las economías del continente dependen de rutas de comercio marítimo que Teherán ha amenazado repetidamente con interrumpir, incluido el estrecho de Ormuz.

La conclusión del exembajador es directa: si Irán es una amenaza común para el mundo democrático, como los líderes europeos han repetido, enfrentarla no puede seguir siendo responsabilidad principalmente americana. Europa no puede apoyarse en el poder militar de Estados Unidos, criticar a Washington por actuar y luego esperar disfrutar de los beneficios de seguridad de la acción sin aceptar ninguna de las cargas.

El texto de Sondland coincide además con el debate abierto sobre el reparto de cargas en la OTAN, donde Washington lleva años exigiendo que los aliados alcancen compromisos de gasto en defensa. El patrón se repite: declaraciones de solidaridad, esfuerzo presupuestario insuficiente y crítica procedimental cuando Estados Unidos actúa.

Conviene mirar los incentivos. Para un gobierno europeo, la posición cómoda es reclamar consulta previa —un costo político bajo— sin asumir riesgo operacional ni gasto adicional. Esa asimetría ha funcionado durante décadas precisamente porque Washington la ha tolerado. La administración Trump, en cambio, ha decidido nombrarla en voz alta.

El dato importa más que el ruido: la pregunta de fondo no es de procedimiento diplomático, sino de quién paga el costo de la disuasión. Si Europa acepta que Irán representa una amenaza existencial para el orden occidental —y sus propias declaraciones así lo indican—, la lógica exige coherencia entre el diagnóstico y la disposición a actuar. La historia sugiere cautela ante alianzas donde una parte asume los riesgos y la otra administra la narrativa.

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