Estados Unidos registró 81 aeronaves perdidas o dañadas en el conflicto con Irán, de acuerdo con un informe elaborado por el Servicio Congresional de Investigación de Estados Unidos.
El relevamiento incluye drones MQ-9 Reaper, cazas F-15, aviones de reabastecimiento, helicópteros y sistemas de vigilancia y comando. Entre los episodios destacados aparece el primer F-35 afectado en combate y el primer caza tripulado estadounidense derribado por fuego enemigo desde 2003.
El costo de reposición de los sistemas afectados fue estimado por especialistas entre 3.100 millones y 4.100 millones de dólares. La cifra no es menor: en una guerra moderna, la factura militar no solo se mide en pérdidas tácticas, sino en capital destruido y capacidad operativa que tarda años en reponerse.
Entre las pérdidas más costosas figura un E-3G Sentry, avión de alerta temprana y comando y control valuado en unos 500 millones de dólares, alcanzado mientras estaba en una base estadounidense en Arabia Saudita. El informe también señala un F-35 dañado en combate, con un costo de reposición cercano a los 100 millones de dólares.
Uno de los datos más llamativos es la pérdida de 45 drones MQ-9 Reaper, según Serbin Pont. Esa cifra equivale a una parte sustancial de la flota estadounidense de ese modelo, que ya no cuenta con una línea de producción activa. Su reemplazo no es inmediato, lo que agrava el golpe operativo.
El costo de referencia para sustituir cada MQ-9 se ubica entre 30 millones y 50 millones de dólares. Solo por ese concepto, las pérdidas alcanzarían entre 1.350 millones y 2.000 millones de dólares.
El listado también contempla 12 F-15 Strike Eagle afectados: cuatro destruidos y ocho dañados durante ataques contra instalaciones estadounidenses. Tres de los cazas fueron destruidos inicialmente en un episodio que Estados Unidos clasificó como fuego amigo. Otro F-15 cayó sobre territorio iraní y su tripulación debió ser rescatada en una operación que incluyó el despliegue de otras aeronaves.
El F-15 tampoco se encuentra actualmente en producción. Cada unidad representa, según la estimación utilizada por Serbin Pont, un costo de al menos 100 millones de dólares. A eso se suman un KC-135 Stratotanker destruido y otros seis severamente dañados, con un valor estimado de entre 165 millones y 200 millones por unidad.
A las pérdidas se agregan dos MC-130J y cuatro helicópteros destruidos durante las operaciones de rescate del tripulante del F-15 que cayó en Irán. El costo conjunto de esa misión fue estimado en alrededor de 400 millones de dólares. También aparece un helicóptero Apache perdido tras una colisión aérea, una aeronave que cayó en el mar Arábigo y un MQ-4C utilizado para reconocimiento.
La lectura política es clara: cuando el aparato militar más sofisticado del mundo entra en una guerra de desgaste, el contribuyente acaba financiando no solo la operación, sino la reposición de activos carísimos y en algunos casos ya discontinuados. Conviene mirar los incentivos: cada unidad perdida reduce margen operativo y eleva la presión sobre el presupuesto.
También hay una lección industrial. Si un sistema deja de producirse y aun así sigue siendo clave para la proyección de poder, la dependencia del Estado se vuelve más costosa y más rígida. La guerra, en este caso, no solo destruye aeronaves; revela la fragilidad de una estructura militar que requiere cadenas de suministro intactas y presupuestos cada vez más generosos.


