El ejército de Estados Unidos informó este sábado que atacó y destruyó tres petroleros iraníes, después de que los Guardianes de la Revolución abrieran fuego contra buques de guerra estadounidenses. Los ataques ocurrieron frente a la costa de la isla de Jark y en el golfo de Omán, según el Mando Central de Estados Unidos (Centcom) para Oriente Medio.
Uno de los petroleros fue impactado después de que se ordenara a la tripulación abandonarlo. Un video difundido por Centcom muestra siete bolas de fuego tras los impactos contra los buques. El ejército estadounidense afirmó que los objetivos formaban parte de «una red clandestina multimillonaria» que financia al Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) y a sus socios en la región.
«Que el mensaje al CGRI sea claro: si disparan contra dos de nuestros barcos, impondremos un costo económico aún mayor, eliminando tres de los suyos», declaró el comandante del Centcom, almirante Brad Cooper. La fórmula resume la estrategia de Washington: asfixiar económicamente a Irán mientras mantiene latente la amenaza de una acción militar de mayor envergadura.
La diplomacia iraní denunció «enérgicamente» los bombardeos en su principal puerto petrolero y los calificó de «acciones ilegales y agresivas». Khatam al Anbiya, el mando militar central conjunto de Irán, amenazó con que los ataques contra buques militares estadounidenses «serán más duros que antes y podrían extenderse» si continúan las hostilidades.
Los Guardianes de la Revolución afirmaron haber respondido atacando «tres petroleros en la ruta no autorizada del estrecho de Ormuz y tres buques afiliados» a Estados Unidos, y advirtieron a otras embarcaciones contra el tránsito por «vías marítimas no autorizadas».
El trasfondo es una guerra abierta desde el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva contra Irán. Teherán mantiene el control sobre el estrecho de Ormuz; Washington, su contrabloqueo de los puertos iraníes. Tras un mes de calma, los enfrentamientos se reanudaron el 30 de agosto, cuando el ejército estadounidense dijo haber retomado los ataques para impedir el lanzamiento de cohetes cargados con minas navales en el estrecho.
Teherán había asegurado el jueves que atacó bases estadounidenses en Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, en represalia por la muerte de civiles en una boda alcanzada por bombardeos, con un saldo de cuatro fallecidos según la Media Luna Roja. El vicepresidente JD Vance dijo que el hecho está bajo investigación, pero se mostró «escéptico» frente a la versión iraní que responsabiliza a Washington.
El gobierno de Donald Trump intenta restablecer el peso del conflicto en la agenda pública, cada vez más impopular entre los estadounidenses a medida que se acercan las elecciones de mitad de mandato. El viernes, Trump calificó la guerra con Irán de «pan comido»: «Muchas personas no la llaman una guerra. Yo la llamo un conflicto militar porque para nosotros es de poca monta. No es algo grande. Primero lidiamos con Venezuela y ahora esto».
El dato importa más que el ruido retórico. La doctrina de Cooper —responder con una proporción de tres a dos, en términos de activos destruidos— es una señal dirigida menos a Teherán que a los mercados de crudo y a la base electoral estadounidense: Washington quiere mostrar que impone costos sin comprometerse con una guerra terrestre.
Esa aritmética, sin embargo, convive con la minimización pública de Trump, que reduce el episodio a «poca monta» mientras el estrecho de Ormuz sigue siendo un corredor donde transita una porción decisiva del petróleo mundial. Conviene mirar los incentivos: un mandatario que necesita mostrar firmeza sin arrastrar a su electorado a una guerra abierta, y un régimen iraní que responde con represalias calculadas para no cruzar el umbral de una escalada total. La historia sugiere cautela ante cualquier declaración de victoria prematura en Oriente Medio.

