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Estados Unidos convierte su política comercial en negociación permanente

Washington combina treguas temporales, presión selectiva y una agenda que sigue creciendo con China, México y Canadá. Para empresas y gobiernos, la incertidumbre ya no parece un episodio, sino una condición de trabajo.
Imagen generada con IA
Líderesjueves 1 de octubre de 2026

Estados Unidos atraviesa una de las etapas más activas de su política comercial reciente, con frentes abiertos al mismo tiempo en Asia y Norteamérica. La pauta no es uniforme. Washington combina distensión temporal con China, presión sostenida sobre Canadá y una negociación cada vez más amplia con México.

Con China, la visita de Xi Jinping a Washington a finales de septiembre y su encuentro con Trump produjeron una extensión de la tregua comercial por dos meses adicionales, hasta el 10 de enero de 2027. El resultado fue modesto en sustancia. Ambas partes optaron por ganar tiempo.

Washington buscaba certidumbre sobre compras agrícolas y suministro de minerales críticos. Beijing quería mayor claridad sobre aranceles y restricciones tecnológicas. Los temas más sensibles siguieron sin resolución. Entre ellos están los semiconductores avanzados, las tierras raras y la inteligencia artificial.

China conserva una ventaja estructural relevante. Concentra cerca de 70% de la extracción mundial de tierras raras y más del 85% de su procesamiento. Esos insumos son esenciales para la industria automotriz, electrónica, de defensa y tecnología avanzada. Esa concentración limita el margen de Washington para endurecer restricciones sin generar costos sobre su propia industria. También mantiene a Taiwán como un punto de tensión política que conecta lo comercial con lo tecnológico y lo estratégico.

Con México, la política comercial estadounidense tomó una ruta distinta. La negociación se amplía en lugar de cerrarse. Lo que comenzó como una agenda de 54 temas creció hasta cerca de 90. Ya no incluye solo aranceles y reglas de origen. También abarca asuntos regulatorios, agricultura, servicios digitales, inversión y participación de terceros países en las cadenas productivas norteamericanas.

La cuarta ronda formal de conversaciones, prevista originalmente para finales de septiembre, fue aplazada hacia octubre. Aun así, ambos gobiernos mantienen los canales técnicos activos. Washington sigue priorizando la reducción del déficit comercial bilateral como objetivo central. México, en cambio, busca aliviar los aranceles de la Sección 232: 50% sobre acero y aluminio, 25% sobre vehículos. En el sector automotriz, las exigencias estadounidenses sobre contenido regional siguen siendo el punto más sensible.

El contraste más marcado aparece con Canadá. Allí, la política comercial estadounidense ha tomado un tono de presión sin urgencia por resolver. Autoridades de Washington señalaron recientemente que no existe prisa por alcanzar un acuerdo con Ottawa. Mientras tanto, los contraaranceles canadienses, vigentes desde el 8 de septiembre sobre cerca de 27,600 millones de dólares canadienses en productos estadounidenses, siguen sin respuesta bilateral de fondo.

A esa tensión se suma la posibilidad de que Washington busque fuentes alternativas de potasa, antes adquirida de Canadá. Eso introduce presión sobre un sector agrícola que hasta ahora había quedado relativamente al margen del conflicto. La ausencia de reuniones de alto nivel durante la Asamblea General de la ONU reforzó la percepción de que este canal bilateral permanece estancado.

El patrón que emerge de estos tres frentes es claro. Estados Unidos usa el diferencial de trato como instrumento de negociación. Ofrece mayor apertura y más ritmo a los socios dispuestos a ceder terreno en una agenda amplia. Endurece, en cambio, frente a quienes no muestran avances.

Conviene mirar los incentivos. Para las economías involucradas, la incertidumbre comercial dejó de ser un episodio transitorio. Se ha convertido en una condición estructural que probablemente se extenderá durante buena parte de 2027. Eso obliga a empresas y gobiernos a operar bajo negociación permanente, no bajo la expectativa de una resolución definitiva.

La historia sugiere cautela. Cuando el comercio se convierte en una sucesión de treguas y presiones selectivas, el margen para la inversión y la planificación se estrecha. Y cuando la política comercial se transforma en método, el costo lo pagan la previsibilidad y el orden internacional. El dato importa más que el ruido: la agenda de Washington no deja de crecer, y con ella la incertidumbre para quienes dependen de reglas claras.

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