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España y México buscan escalar su agenda fintech con menos fricción regulatoria

La cooperación entre ambos países aparece como una vía para ganar tamaño, compartir supervisión y convertir innovación en negocio. El reto, según la propia industria, sigue siendo equilibrar velocidad con estabilidad y protección al usuario.
Imagen generada con IA
Negociosjueves 24 de septiembre de 2026

La industria fintech española y la mexicana comparten una idea central: la digitalización financiera ya no es una promesa, sino una base de crecimiento. En España, el sector se ha desarrollado sobre uno de los mercados financieros más digitalizados de Europa, con una adopción de los pagos instantáneos que alcanza ya a dos de cada tres españoles. En México, la industria fintech es la segunda mayor de América Latina y exhibe altos índices de crecimiento.

Ese paralelismo alimenta una agenda de cooperación que busca algo muy concreto: dar escala a las empresas. La propuesta es servir de puerta de entrada al mercado europeo y al latinoamericano, respectivamente, y compartir experiencias regulatorias para que las firmas puedan internacionalizarse. Conviene mirar los incentivos: cuando un sector crece rápido, el tamaño deja de ser un lujo y pasa a ser una condición para competir.

El caso español se presenta como prueba de que una regulación «firme y a la vez flexible» puede impulsar innovación y, al mismo tiempo, proteger a los consumidores. Bizum cerró 2025 con más de 30 millones de usuarios y 1.237 millones de operaciones. Además, la irrupción de nuevos servicios ha mejorado el acceso al crédito de las pymes y ha permitido personalizar servicios reduciendo costos operativos.

El texto destaca también un efecto de presión sobre las entidades tradicionales. La nueva competencia ha empujado a los operadores consolidados a innovar y ampliar su oferta mediante el open banking y el uso de interfaces de programación de aplicaciones (APIs). El dato importa más que el ruido: en finanzas, la competencia no solo premia al más ágil; también obliga a los incumbentes a moverse.

Pero el crecimiento trae consigo su propia lista de riesgos. El ecosistema, dice el propio planteamiento, ahora debe consolidarse, ganar escala y protegerse frente a riesgos emergentes. Entre ellos aparecen la inteligencia artificial, los registros distribuidos y la tokenización, junto con amenazas más inmediatas como el fraude por suplantación o por inducción de la voluntad del cliente, además de la exclusión financiera de quienes carecen de competencias digitales suficientes.

En ese punto, el Sandbox financiero español aparece como la herramienta central. Desde 2021 ha recibido más de 120 proyectos y más de 40 iniciativas se han ensayado en condiciones reales, varias de las cuales ya operan con éxito en el mercado. El proyecto de ley de digitalización y modernización del sector financiero busca ahora un Sandbox más ágil, con ventanilla permanente en lugar de cohortes semestrales, requisitos más simples y convocatorias temáticas en áreas como la inteligencia artificial o la identidad digital.

El mensaje de fondo es claro: la innovación no basta por sí sola. Una idea solo crea valor económico cuando se convierte en un producto viable y alcanza el mercado. Por eso el marco jurídico, la supervisión capaz de comprender nuevos modelos y la cooperación entre autoridades, empresas tecnológicas y entidades financieras se vuelven decisivos.

Para México, el texto coloca sobre la mesa ámbitos como la inteligencia artificial, la infraestructura financiera, el open finance, la inclusión financiera, la identidad digital y la prevención del fraude. Para España, la oportunidad es consolidar un puente hacia América Latina sin perder de vista el estándar regulatorio europeo. En ambos casos, la cuestión no es solo tecnológica: es institucional.

La lectura de fondo es favorable a una apertura que facilite la libre empresa y la expansión de proyectos innovadores, pero sin ignorar que la prudencia regulatoria existe por una razón. Cuando el dinero de los contribuyentes no está en juego de forma directa, sí lo está la confianza del usuario, la estabilidad financiera y la calidad del mercado. Ese equilibrio no lo resuelve la euforia digital; lo resuelven reglas claras, competencia real y supervisión que entienda el cambio sin asfixiarlo.

Si España y México logran coordinarse, pueden convertir el dinamismo tecnológico en crecimiento económico y mejores servicios. Si no, el riesgo es conocido: mucha innovación, poco mercado. Y en finanzas, como en política económica, la escala suele separar la promesa del resultado.

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