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Europa

España, entre la frontera abierta y la factura pendiente de la OTAN

Trump insiste en su tercer señalamiento contra Sánchez por Ceuta y reabre, de paso, la disputa sobre el gasto militar que Madrid se niega a asumir.
Imagen ilustrativa
Europadomingo 6 de septiembre de 2026

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a cargar este domingo contra el Gobierno de Pedro Sánchez por la crisis migratoria en Ceuta. En una publicación en redes sociales, calificó de «cero» el control español sobre la frontera con Marruecos y describió la situación como «muy triste». Es la tercera vez que se refiere públicamente al episodio, que involucró la llegada de unos 80.000 migrantes procedentes de Marruecos.

El jueves anterior, Trump había ido más lejos al llamar a España «un país arruinado». En declaraciones previas atribuyó la crisis a «leyes débiles» y a «una mala gestión» del Ejecutivo, y mencionó una interpretación según la cual una sentencia del Tribunal Supremo de julio prohíbe devolver a los migrantes que lleguen a nado. El Gobierno español calificó después esa lectura como uno de los bulos que alimentaron el cruce masivo.

El dato importa más que el ruido: mientras Madrid disputa la interpretación de un fallo judicial, la cifra de 80.000 personas ya cruzó la frontera. La discusión sobre quién difundió qué versión no cambia el hecho verificado de una frontera que, según el propio relato oficial español, se vio superada.

Trump aprovechó además la coyuntura para vincular la crisis migratoria española con la que, a su juicio, enfrenta el Reino Unido, y para reabrir un choque más antiguo: el del gasto en defensa dentro de la OTAN. En una entrevista con la cadena británica GB News, sostuvo que España «no paga lo que debería pagar» y que eso es, también, «muy triste».

El origen de esa disputa se remonta a la cumbre de la OTAN en La Haya, en 2025, donde los aliados acordaron elevar de forma progresiva el gasto en defensa y seguridad hasta el 5% del PIB de cara a 2035. España fue el único país que se opuso a asumir ese objetivo. El entonces ya presidente Trump respondió con dureza: «España es el único país de todos los que se niega a pagar. Quieren aprovecharse un poco, pero tendrán que compensarnos con acuerdos comerciales, porque no voy a permitirlo».

Sánchez defendió su posición calificando el 5% de «irrazonable» y «contraproducente», y argumentó que el nivel de inversión previsto por su Gobierno bastaba para cumplir con las capacidades comprometidas ante la Alianza. En una carta remitida en junio de 2025 lo dejó por escrito: «Es el derecho legítimo de cada Gobierno decidir si está dispuesto o no a hacer esos sacrificios. Como aliado soberano, elegimos no hacerlo».

El desencuentro no se limitó al debate presupuestario. En marzo, el Gobierno español se negó a permitir el uso de las bases de Rota y Morón por parte de fuerzas estadounidenses. Trump respondió ordenando al Tesoro de su país «cortar completamente» el comercio con España, a la que calificó de «socio terrible».

Conviene mirar los incentivos. Un aliado que reclama autonomía soberana sobre su gasto militar, pero que al mismo tiempo pide comprensión ante una frontera exterior desbordada, envía señales contradictorias tanto a sus socios como a quienes deciden intentar el cruce. La ambigüedad tiene un costo: erosiona la credibilidad disuasoria de la frontera y debilita la posición de negociación de Madrid dentro de la Alianza precisamente cuando más la necesita.

La historia sugiere cautela ante la tentación de tratar ambos frentes —migración y defensa— como asuntos separados. Para Washington, según se desprende de las propias palabras de Trump, son la misma discusión sobre compromisos incumplidos. Y en esa lectura, cada nuevo mensaje presidencial no es solo una crítica puntual, sino un recordatorio de que el orden internacional que sostiene la OTAN se financia con hechos verificables, no con cartas de buenas intenciones.

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