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Esferas de influencia reaparecen en Ucrania, Venezuela y las Malvinas

Rusia y Estados Unidos negocian el futuro de Ucrania sin que Kiev tenga la última palabra, mientras Washington invoca la Doctrina Monroe y Argentina reabre su reclamo sobre las Malvinas. Conviene mirar los incentivos: cuando las potencias vuelven a hablar de zonas de influencia, la legitimidad queda en disputa.
Líderesjueves 17 de septiembre de 2026

Rusia y Estados Unidos negocian el futuro de Ucrania sin que Kiev tenga la última palabra. Al mismo tiempo, Estados Unidos invoca abiertamente la Doctrina Monroe, ahora llamada doctrina Donroe, para justificar el control sobre el petróleo venezolano.

En ese mismo marco, Argentina reactivó su reclamo histórico sobre las Malvinas justo cuando se descubrió petróleo en sus aguas. El texto presentado por Cisne Negro sostiene que estos tres casos comparten una misma idea: la esfera de influencia, un concepto que la diplomacia del siglo XX intentó borrar y que hoy resucitan las dos superpotencias de la Guerra Fría.

La pieza agrega que Rusia exige, por escrito, que su entorno, incluida Ucrania, sea reconocido como zona de «interés privilegiado», con derecho de veto sobre cualquier medida de seguridad. También señala que Estados Unidos recurre a una doctrina hemisférica para respaldar su posición sobre Venezuela, mientras Argentina ve en este regreso del lenguaje de poder una oportunidad para reabrir el asunto de las Malvinas.

Detrás de cada uno de estos casos, dice el texto, hay un recurso extraíble esperando: 65.000 millones de barriles en Venezuela, tierras raras y territorio industrial en el este ucraniano, y crudo en las aguas de las Malvinas. Ese dato importa más que el ruido porque muestra por qué estos conflictos no son meramente simbólicos: involucran activos concretos y disputas de soberanía.

La cuestión de la legitimidad aparece como el punto más frágil en los tres escenarios. El texto pregunta si un gobierno interino venezolano puede comprometer el petróleo por cien años, si Ucrania puede ceder territorio cuando su propia Constitución se lo prohíbe, o si Argentina puede reclamar la soberanía de un territorio negándole a su población el derecho a decidir sobre él.

No todos parten del mismo lugar. En Venezuela y Ucrania, una potencia busca imponer condiciones sobre un actor con menos poder. En Malvinas, en cambio, el reclamante es el más débil e intenta negociar contra una potencia nuclear que no tiene ningún incentivo para ceder. Por eso, según el texto, Malvinas apenas está planteándose, mientras los otros dos avanzan.

Hace unos años habría sido un tabú diplomático decir en voz alta: «Esta es mi zona, no te metas». En cambio, hoy esta idea se defiende en entrevistas, se negocia en cumbres y se asienta en tratados. El texto concluye que ninguna potencia reintrodujo por sí sola esta regla: varias la están reviviendo a la vez, cada una convencida de que el mapa se acomoda a su favor.

Para el lector, el mensaje es claro aunque incómodo: cuando el orden internacional se discute en términos de esferas de influencia, las instituciones pierden peso frente a la capacidad de imponer condiciones. Y cuando eso ocurre, los países más débiles quedan más expuestos a decisiones tomadas lejos de sus fronteras.

La historia sugiere cautela. Si la diplomacia vuelve a organizarse alrededor de zonas de influencia, el margen para la libre decisión de los Estados se estrecha. El principio en juego no es una abstracción: es quién decide sobre territorio, recursos y seguridad, y bajo qué límites.

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