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Epic Fury: victoria táctica, derrota estratégica

La campaña militar contra Irán destruyó infraestructura pero no doblegó al régimen. Washington ganó batallas; Teherán aprendió a ganar sin librarlas.
Imagen ilustrativa
Lídereslunes 27 de julio de 2026

La Operación Epic Fury se presentó como una demostración de poder sin precedentes. Miles de ataques aéreos. Centenares de miles de blancos destruidos. Una coordinación inédita con Israel. El resultado táctico fue contundente. El resultado político, mucho menos.

Donald Trump había prometido más que destruir instalaciones militares. El objetivo declarado era doblegar al régimen iraní, eliminar su influencia regional y forzar un nuevo acuerdo nuclear. Nada de eso ocurrió. El régimen sobrevivió. Reorganizó su estructura de mando. Encontró nuevas formas de presionar a sus adversarios.

La gran sorpresa no fue la resistencia militar de Teherán. Fue su capacidad de adaptación. Incapaz de competir en el aire o en el mar, Irán desplazó el conflicto hacia terrenos donde las grandes potencias son más vulnerables: la economía global, la infraestructura civil y la incertidumbre estratégica. Drones baratos obligaron a utilizar interceptores millonarios. Pequeñas embarcaciones alteraron el comercio internacional. Ataques limitados que no buscaban destruir, sino desgastar.

El cierre efectivo del Estrecho de Ormuz fue la demostración más contundente. Por esa franja transita cerca de una quinta parte del comercio petrolero mundial. Drones, minas y embarcaciones menores bastaron para someterla a una incertidumbre permanente. Ninguno de esos sistemas cuesta una fracción de los misiles defensivos estadounidenses. Sin embargo, obligan a gastar miles de millones para contener amenazas que cuestan apenas unos miles.

Existe además una paradoja que conviene examinar. Nunca antes Estados Unidos e Israel habían combatido con semejante nivel de integración. Compartieron inteligencia, planificación y riesgos como si fueran un solo ejército. Para Washington, ese grado de cooperación representa un éxito doctrinal considerable. Sin embargo, mientras esa alianza alcanzaba su máxima eficiencia militar, la confianza política de los países árabes comenzaba a deteriorarse.

Los Estados del Golfo comprobaron que Washington podía defenderlos parcialmente. No podía impedir que Irán paralizara rutas marítimas ni sembrara incertidumbre sobre la estabilidad energética regional. Cuando desaparece esa sensación de invulnerabilidad, comienza también a desaparecer la dependencia. Los aliados buscan alternativas. Compran armas en otros mercados. Fortalecen vínculos con Europa. Exploran acuerdos con Asia.

La historia ofrece ejemplos suficientes. Roma, Gran Bretaña y la Unión Soviética confundieron en algún momento la superioridad militar con la capacidad de controlar el futuro. Descubrieron tarde que ninguna potencia sostiene indefinidamente un liderazgo basado solo en la fuerza. La legitimidad internacional y la confianza de los aliados son recursos estratégicos tan decisivos como los portaaviones.

Conviene mirar los incentivos. Irán aprendió que no necesita destruir portaaviones ni conquistar territorios para alterar el equilibrio regional. Basta con volver impredecible el funcionamiento de la economía mundial. Ese conocimiento —adquirido a un costo material enorme— es el activo más duradero que Teherán extrae del conflicto.

Epic Fury podría quedar en los libros de historia no como la operación que confirmó la hegemonía estadounidense, sino como aquella que reveló sus nuevos límites. El dato importa más que el ruido. La pregunta del siglo XXI no es quién destruye más rápido al adversario. Es quién construye un orden estable después de haber ganado la batalla. Por ahora, esa segunda pregunta sigue sin respuesta.

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