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El pulpo español emigra al Canal de la Mancha y abre a Reino Unido un negocio inesperado

El calentamiento del mar reordena las pesquerías ibéricas: mientras el pulpo y la caballa escasean en España, Reino Unido gana una exportación que antes no tenía.
Imagen ilustrativa
Ciencia y tecnologíasábado 5 de septiembre de 2026

La pesca española atraviesa una reconfiguración silenciosa. El pulpo, pieza central de la gastronomía gallega y nacional, registra un declive severo desde hace años, mientras en el sur de Reino Unido ocurre justo lo contrario: una «floración» de avistamientos y capturas que empieza a preocupar por su efecto sobre cangrejos, langostas y vieiras locales.

El factor común es el aumento de la temperatura del agua. El Canal de la Mancha, tradicionalmente frío, se ha vuelto un hábitat propicio para un cefalópodo que prefiere aguas templadas. La consecuencia comercial es directa: Reino Unido podría convertirse en exportador de pulpo justo cuando la flota española flaquea, un giro que ilustra cómo los incentivos económicos siguen, casi mecánicamente, a los cambios físicos del entorno.

La caballa sufre un proceso similar. En julio, el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, reconoció que España enfrenta una «difícil situación» con esta especie. Parte de la caída se explica por la depredación del atún rojo, pero el calentamiento oceánico también desplaza hacia el norte sus zonas de reproducción y distribución.

El bonito, por su parte, obliga a los barcos a navegar más lejos de la costa, con el consiguiente encarecimiento de cada jornada de pesca. Y según explicó a EFEAgro la investigadora Beatriz Guijarro, del Centro de Baleares del IEO-CSIC, la merluza alcanza su talla de primera madurez antes en aguas más cálidas, lo que altera los calendarios reproductivos con los que trabajan las pesquerías.

El Mediterráneo, que se calienta con mayor rapidez, es puerta de entrada para especies exóticas a través del canal de Suez. A ellas se suma el cangrejo azul, nativo del Atlántico occidental, que habría llegado a costas españolas por transporte marítimo y no por vía natural.

Un estudio liderado por la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, apunta a un fenómeno que merece atención desde la lógica de mercado: el consumo de especies invasoras como el cangrejo azul puede generar incentivos para mantener o incluso aumentar su presencia una vez que se convierten en negocio, incluso a costa de la biodiversidad autóctona.

Conviene mirar los incentivos. El sector pesquero no espera a que los gobiernos redacten planes: se adapta con la velocidad que permite el propio mercado, desplazando flotas, cambiando artes de pesca o explorando nuevas especies comestibles. Esa capacidad de ajuste —más que cualquier comunicado ministerial— es la que determinará qué pescaderías españolas sobreviven al reordenamiento y cuáles no.

Hay, sin embargo, una tensión de fondo que el propio estudio de la EBD-CSIC señala: cuando una especie invasora se vuelve rentable, el incentivo económico puede chocar con el objetivo de contenerla. No es un problema exclusivo de este caso, sino un recordatorio de que los mercados responden a precios y demanda, no necesariamente a los equilibrios ecológicos que los gobiernos quisieran preservar. El dato importa más que el ruido: la solución no pasa por vetos improvisados, sino por dejar que los propios pescadores y consumidores —con información clara sobre origen y riesgo— decidan qué comprar y qué evitar.

La historia sugiere cautela ante los relatos de catástrofe inminente. El pulpo no desaparece del planeta: cambia de domicilio, y con él, el negocio. Para España, la respuesta razonable no es lamentar la coyuntura, sino facilitar que su flota compita donde las nuevas especies aparezcan, incluidas las invasoras que hoy generan más recelo que ingresos.

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