El Comando Central de Estados Unidos (Centcom) desmintió este miércoles que Irán hubiera alcanzado dos destructores estadounidenses en el estrecho de Ormuz. «Ningún buque de guerra de la Marina de EE.UU. ha sido alcanzado; todos los intentos de ataque de la Guardia Revolucionaria iraní fracasaron», afirmó el mando militar en un mensaje publicado en X.
La declaración llegó horas después de que Teherán asegurara haber atacado una base militar con tropas estadounidenses en Jordania, dos destructores que transportaban misiles de crucero y una decena de embarcaciones en el estrecho de Ormuz. Según Irán, la acción fue una represalia por bombardeos de Washington contra cinco petroleros iraníes en el golfo Pérsico y el mar de Omán.
El Centcom no solo refutó esa versión, sino que añadió un dato de peso: «las fuerzas estadounidenses han destruido con éxito 10 buques cisterna iraníes tan solo en la última semana». Washington describió esas embarcaciones como parte de «una red clandestina multimillonaria» destinada a financiar al gobierno de los ayatolás. «Irán no puede protegerlas», remató el comunicado.
El mando militar mantiene actualmente un bloqueo a las costas y puertos iraníes con el objetivo declarado de ahogar la economía del país persa, ya debilitada por años de sanciones y una gestión estatal que ha erosionado sistemáticamente su capacidad productiva.
El foco del conflicto se ha desplazado hacia Ormuz, la vía estratégica por la que transita una porción significativa del crudo y las mercancías globales. Teherán interrumpió el paso por ese estrecho desde el inicio de la guerra, y el canal se ha convertido en el escenario principal de los enfrentamientos. El conflicto transita su séptimo mes con un proceso de paz estancado y sin visos de acuerdo.
Conviene mirar los incentivos. Para Washington, destruir la flota de petroleros iraníes tiene una lógica doble: cortar el flujo de divisas que sostiene al régimen y demostrar capacidad de respuesta asimétrica sin escalar a un enfrentamiento terrestre directo. Para Teherán, inflar los comunicados de victoria —aunque el Pentágono los tache de «totalmente falsos»— es también una operación interna: el régimen necesita mostrar a su población que resiste.
El dato importa más que el ruido. Lo que está en juego en Ormuz no es solo la supervivencia del gobierno iraní, sino la estabilidad de los mercados energéticos globales y la credibilidad del poder naval estadounidense en la región. Un bloqueo sostenido que logre asfixiar las exportaciones clandestinas de Teherán representaría un cambio de equilibrio con consecuencias que van mucho más allá del séptimo mes de este conflicto. La historia sugiere cautela: las guerras de desgaste en Oriente Medio rara vez siguen el calendario que sus protagonistas anticipan.

