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Finanzas y economía

El oro europeo abandona América del Norte: la soberanía sobre las reservas gana terreno

Países Bajos, Francia y antes Alemania repatriaron parte de su oro ante la «creciente inestabilidad geopolítica». El movimiento revela más sobre incentivos y confianza institucional que sobre catástrofes inminentes.
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Finanzas y economíalunes 7 de septiembre de 2026

El Banco de los Países Bajos confirmó esta semana que trasladó 86 de las aproximadamente 313 toneladas de oro que mantenía almacenadas en Estados Unidos y Canadá. El destino fue Londres, «en vista de la creciente inestabilidad geopolítica», según el comunicado oficial. El objetivo declarado: que el metal esté «fácilmente disponible para su uso en una situación de crisis».

No es un caso aislado. A comienzos de este año Francia trasladó sus reservas de oro desde Estados Unidos a territorio francés. Antes, el Bundesbank alemán había movido más de 216 toneladas —111 desde Nueva York y 105 desde París— hasta 2016. La historia sugiere cautela: «Algunos bancos centrales europeos trasladaron parte de sus reservas de oro a Nueva York durante la Guerra Fría», recordaron los analistas Lina Thomas y Daan Struyven, de Goldman Sachs, subrayando que la lógica de resguardar el metal en función del contexto geopolítico no es nueva.

Joseph Cavatoni, estratega sénior del Consejo Mundial del Oro, matizó el diagnóstico ante la BBC: las guerras y tensiones comerciales «influían en algunas de estas decisiones», pero no «encabezaban la lista». La inflación, los tipos de interés y la conveniencia de tener el oro en un lugar donde pueda negociarse con rapidez pesaron tanto o más. «No tengo la sensación de que se avecina una catástrofe», dijo Cavatoni, aunque sí observó que los gestores de reservas están «mejor informados sobre cómo gestionar sus activos».

El gobernador del banco central neerlandés, Olaf Sleijpen, fue explícito sobre el cálculo: «Esperamos no tener que utilizarlo nunca, pero sí necesitamos reforzar nuestra capacidad de respuesta y preparación». El oro retirado entre marzo y agosto quedó depositado en las bóvedas del Banco de Inglaterra, institución de 300 años que custodia unos 400.000 lingotes valorados en más de 270.000 millones de dólares, y que sigue siendo el destino más popular para el almacenamiento seguro de metales preciosos según el Consejo Mundial del Oro.

La mecánica de estos traslados es tan relevante como el destino final. Los holandeses vendieron unas 59 toneladas en Nueva York y compraron existencias equivalentes en Londres, evitando así el transporte físico transatlántico. Pero más de 27 toneladas sí fueron «trasladadas físicamente» desde Estados Unidos y Canadá hasta Zeist, y una cantidad similar viajó después de Zeist a Londres. Cavatoni describió la alternativa habitual: vender el oro en un lugar y comprarlo en otro el mismo día, registrando la transferencia sin mover un lingote.

Brink's Global Services, una de las pocas firmas que gestiona estos envíos transfronterizos, confirmó a la BBC una «mayor demanda» de bancos centrales. Su vicepresidente ejecutivo, Nader Antar, lo resumió así: «La creciente incertidumbre geopolítica y económica, junto con el papel cada vez más importante del oro como activo de reserva estratégica, parecen estar contribuyendo a esta tendencia».

Hay también un cálculo puramente financiero. Según Thomas y Struyven, de Goldman Sachs, almacenar oro en casa «requiere inversión en seguridad física, infraestructura de auditoría y seguros», costos que los bancos centrales ponderan frente a los beneficios de la cercanía y el control directo.

Conviene mirar los incentivos antes que el titular alarmista. Ningún banco central habla de ruptura ni de un colapso del sistema monetario internacional; hablan de diversificación, liquidez y control sobre un activo que, en última instancia, es garantía de soberanía frente a shocks que ya no se descartan como improbables. El dato importa más que el ruido: cuando instituciones centenarias como el Bundesbank o el Banco de los Países Bajos deciden tener su propio oro más cerca de su propia jurisdicción, están enviando una señal de mercado sobre dónde perciben menor riesgo institucional, no una profecía de catástrofe.

El trasfondo político no es menor. En un mundo donde la guerra comercial y la fragmentación geopolítica erosionan certezas que antes se asumían permanentes —incluida la disponibilidad irrestricta de activos depositados en terceros países—, la repatriación de reservas es, ante todo, un ejercicio de propiedad privada y prudencia estatal: nadie quiere depender de la buena voluntad ajena para disponer de lo propio en una crisis.

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