El divorcio de Mauro Icardi y Wanda Nara fue confirmado este jueves, después de varios años de litigio con la justicia italiana. La noticia se conoció primero a través de una publicación de Icardi en sus historias de Instagram, donde afirmó: «El Tribunal de Milán dictó la sentencia que declara disuelto mi matrimonio».
En ese mismo mensaje, el futbolista dijo que el Tribunal de Milán rechazó el pedido de manutención como cónyuge de Wanda Nara, así como «aquellos famosos 250.000 euros mensuales» que, según él, ella reclamaba. También añadió que «la Justicia consideró que cuenta con ingresos y patrimonio suficientes para sostenerse económicamente» y que rechazó su pedido de pensión por divorcio.
La reacción pública no tardó. María Eugenia Suárez, actual novia de Icardi, publicó en Instagram un reel en el que baila al compás de la canción «COMPA COLETO (uy como)» de la colombiana Aria Vega. Sobre el video escribió: «Cuando mirás a tu novio», y en la descripción agregó: «Todo el día con esta canción».
Luego replicó el video en sus historias y escribió: «Hoy es un buen día», junto a un corazón. La publicación recibió miles de «Me Gusta» y cientos de comentarios de usuarios que celebraron la novedad junto a ella.
Nara, por su parte, prefirió guardar silencio, al menos en las publicaciones citadas. La sentencia, sin embargo, ya había movido el centro de gravedad del conflicto: dejó de importar el ruido de las redes y pasó a contar la decisión de un tribunal.
Conviene mirar los incentivos. Cuando una disputa familiar se prolonga durante años y salta a la esfera pública, el incentivo de cada parte es ganar en el plano judicial y también en el simbólico. En este caso, el fallo de Milán fija un corte institucional a una pelea que había vivido de filtraciones, mensajes y gestos para la audiencia.
El dato importa más que el ruido. Para el lector, lo relevante no es la coreografía de Instagram, sino que una autoridad judicial haya resuelto la disolución del matrimonio y haya rechazado los pedidos económicos mencionados por Icardi. En una era de litigios convertidos en espectáculo, la institución todavía vale más que la puesta en escena.
