El rapero colombiano Crudo Means Raw compartió en redes sociales contenido a favor del candidato presidencial Abelardo de la Espriella durante la pasada campaña electoral. La reacción fue inmediata: miles de seguidores dejaron de seguirlo, otros lo respaldaron, y el artista respondió en su cuenta de X con un mensaje dirigido a quienes lo criticaban: «Que lloren los Comunistas de caviar».
El episodio encendió una discusión que, según el análisis publicado por El Colombiano, lleva años activa en Estados Unidos, España y Puerto Rico, y que en Colombia llegó a un punto de ebullición. La pregunta de fondo no es nueva: ¿el rap es, por definición, un género de izquierda?
La respuesta que ofrecen los estudiosos del género es más matizada. El hip hop nació a mediados de los años 70 en el Bronx, un barrio de Nueva York que, según el escritor Jeff Chang en su libro Generación Hip Hop, tenía la tasa de pobreza más alta no solo de la ciudad sino de los 62 condados del estado, y era en buena medida gobernado por pandillas. KRS ONE, figura fundamental de la cultura, la define como una respuesta artística a la opresión.
Tricia Rose, profesora neoyorkina pionera en el estudio del hip hop, introduce el concepto de «narrativa de posibilidad»: «el poder de contar historias, la capacidad de crear lo que los estudiosos acabaron llamando prestigio desde abajo, es decir, de desarrollar un sistema de valores y aprecio cuando estás en una comunidad que no es valorada públicamente», explicó en un conversatorio sobre su libro The Hip Hop Wars en la Universidad Brown en 2010.
El sociólogo inglés Paul Gilroy, por su parte, sostiene que la cultura hip hop «puso en marcha un proceso que transformaría el sentido de sí del Estados Unidos negro, así como buena parte de la industria musical».
En Colombia, el grupo Alcolirykoz es citado como ejemplo de esa transformación. Su barrio de origen, Aranjuez en Medellín, era identificado con la violencia; hoy su imagen es otra, en parte gracias al grupo. En el concierto de sus «Dos Décadaz», el integrante Gambeta fue directo: «Si el Rap solo fuera un género musical no existiría Alcolirykoz. No es coherente utilizar el Rap o beneficiarse de él, para luego despreciar a la gente que lo hace posible».
El periodista español Nando Cruz, en el prólogo de Ilustres Raperos, describe el rap como una música que «habla de y para la comunidad en la que ha surgido», con un carácter identitario que «te excluye, pero también te define».
El debate, en últimas, gira sobre si un artista puede separar el vehículo de su origen. La respuesta del entorno del hip hop colombiano parece ser que no, o al menos no sin costo.
Conviene mirar los incentivos. El caso de Crudo Means Raw ilustra algo que va más allá de la música: en un país donde la polarización política convierte cualquier gesto en declaración de guerra, apoyar a un candidato de centroderecha como De la Espriella —desde un género asociado históricamente a la protesta marginal— es leído como traición, no como ejercicio de libertad individual. Esa reacción dice más sobre la rigidez ideológica de ciertos sectores que sobre la coherencia o incoherencia del artista. El rap nació como expresión de comunidades que el Estado ignoraba; que uno de sus representantes elija a quién votar sin pedir permiso es, en rigor, el ejercicio más fiel de ese espíritu de autonomía que el género predica.



