Nueve años después del secuestro de Irán Castillo, un juez federal dictó condenas de hasta 165 años de prisión contra nueve integrantes de la banda que la mantuvo cautiva en mayo de 2015. Las penas oscilan entre 57 y 165 años, además de una multa de 863,742 pesos en uno de los casos.
La Fiscalía Especializada en Materia de Delincuencia Organizada, dependiente de la Fiscalía General de la República, presentó las pruebas que sostuvieron el fallo. El juez acreditó delincuencia organizada, secuestro agravado, posesión de drogas con fines de comercio y portación de arma de fuego de uso exclusivo del Ejército.
Según la información difundida, Cristian Versay Juárez Pliego y Edgar Castillo Torres fueron declarados responsables del secuestro de tres personas y recibieron 165 años de prisión. Jaime López Guerrero y Adriana Mora Cervantes obtuvieron 161 años por delitos contra tres víctimas. Bernardo Gabriel Ruiz Pantoja y Ángel Castillo Pizaña fueron sentenciados a 111 años. Jorge Luis Moreno Téllez y Carlos Olvera Cruz recibieron 61 años. Rosario Yazmín Juárez Pliego cerró la lista con 57 años.
Los hombres cumplirán condena en el Centro Federal de Reinserción Social Número 4 «Noroeste», en Nayarit. Las mujeres fueron trasladadas al penal federal número 16, en Morelos.
La organización, además, estaba vinculada con al menos nueve averiguaciones previas por secuestro en Chalco, La Paz, Naucalpan y Ecatepec, así como en Azcapotzalco y Álvaro Obregón. Ese dato importa más que el ruido alrededor del caso: muestra una estructura con capacidad de operar en varias zonas del Valle de México.
Castillo relató que el secuestro fue «fortuito». Dijo que el grupo no la buscaba a ella en particular, sino que operaba siguiendo a la mujer que va sola manejando de noche. Esa noche, cerca de las 11:30, salía de una función de teatro. Los agresores chocaron su auto por detrás. La subieron a una camioneta y la encañonaron.
Para ganar tiempo, dijo llamarse María y afirmó ser maestra de yoga, oficio que había ejercido antes. El engaño se sostuvo hasta que, en la casa de seguridad, revisaron sus pertenencias y descubrieron su identidad. Fueron los propios captores quienes llamaron primero a la madre de Castillo para iniciar la negociación.
Durante los tres días de cautiverio, Castillo nunca tuvo los ojos vendados, aunque sí le ordenaron mantener la vista en el piso. Una mujer, la única presente en el grupo, la cuidó durante el encierro. La actriz también describió al líder de la banda, que ya estaba preso y se comunicaba por teléfono, como alguien que le decía «cosas espantosas».
Al ser liberada, se topó con un operativo de policías federales que no esperaba. Su primer instinto fue quedarse callada. Incluso llegó a pensar en cómo ayudar a quienes la habían secuestrado, convencida de que «estaban sufriendo mucho» y que algunos actuaban «por necesidad». Especialistas de la SEIDO la canalizaron con una psicóloga, quien le dijo: «Eso que tú tienes se llama síndrome de Estocolmo».
El caso también dejó una huella personal en la familia. Castillo dijo que su madre «hasta la fecha» no se repone de lo ocurrido. Además, contó que no logró reunir el monto total exigido por los secuestradores.
Aquí aparece otro dato incómodo para la economía moral del rescate: Gloria Trevi y su esposo, Armando Gómez, aportaron la diferencia, pese a que entonces no existía una relación cercana entre ambas artistas. Castillo dijo que no conocía a Trevi y que el contacto llegó porque su madre conocía al esposo de la cantante.
Conviene mirar los incentivos. Cuando una banda puede secuestrar, negociar, mover víctimas y acumular expedientes en varias alcaldías y municipios, el problema no es solo penal. También es institucional. El Estado llega tarde si la red criminal ya ha convertido el territorio en una operación repetida.
Y cuando la sentencia por fin llega, lo mínimo exigible es que el castigo sea creíble. La sociedad no puede subsidiar, con paciencia infinita, el negocio del secuestro. La seguridad no es un eslogan; es la base de la libertad para trabajar, circular y vivir sin que la violencia dicte las reglas.


