Colombia anunció el jueves su retiro del Grupo de La Haya, un bloque de países que buscaba el fin de la ocupación israelí en territorio palestino, y abrió una nueva embajada en Jerusalén, en un giro que consolida su acercamiento a Israel.
El canciller colombiano, Omar Bula, dijo en un comunicado que Colombia rechaza el enfoque del grupo, que consideró «creado para aislar y atacar a Israel». La decisión llega tras la reanudación de las relaciones diplomáticas con Israel por parte del presidente conservador Abelardo de la Espriella, quien asumió el poder en agosto.
De la Espriella revirtió así la política de su antecesor, el progresista Gustavo Petro, que había roto relaciones con Israel en 2024 y se convirtió en uno de sus críticos más férreos. Colombia formó parte del Grupo de La Haya desde su creación, en enero de 2025, junto con Bolivia, Cuba, Honduras, Malasia, Namibia, Senegal y Sudáfrica.
El país sudamericano también fue anfitrión, en julio del año pasado, de una conferencia ministerial convocada por el bloque, que acordó impedir en sus territorios el suministro y transferencia de armas y combustible a Israel para presionar el fin de las acciones bélicas en territorio palestino.
La embajada en Jerusalén fue inaugurada la víspera y ambos gobiernos la presentaron como un «hito diplomático». Benjamin Netanyahu dijo que «Colombia está con nosotros». Arabia Saudita, en cambio, criticó la apertura y la consideró una «violación del derecho internacional» y un «perjuicio directo del estatus legal e histórico de la Jerusalén ocupada», según el Ministerio de Asuntos Exteriores saudí.
Rafael Piñeros, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, describió la embajada como un «guiño» a Israel y a Estados Unidos, en medio de lo que calificó como un «exceso de politización» en la relación bilateral entre Colombia e Israel.
Donald Trump reconoció a Jerusalén como la capital de Israel a fines de 2017, convirtiendo a Estados Unidos en el primer país en hacerlo. Desde entonces, nueve gobiernos extranjeros han seguido sus pasos, incluidos varios países latinoamericanos. Los palestinos reclaman Jerusalén Oriental como la capital de un futuro Estado, mientras Israel considera que toda la ciudad es su capital.
Conviene mirar los incentivos. El movimiento de Bogotá no solo reorganiza su relación con Israel: también señala de qué lado quiere estar en una disputa diplomática cada vez más cargada de simbolismo. Para un gobierno que busca marcar orden y redefinir alianzas, la apertura en Jerusalén funciona como una señal política nítida, aunque no despeja el choque de legitimidades sobre la ciudad.
La historia sugiere cautela. Cuando la diplomacia se convierte en un instrumento de demostración ideológica, el costo lo terminan pagando la consistencia del Estado y la credibilidad externa. En este caso, Colombia gana cercanía con Israel y con Washington, pero asume también el precio de una decisión que seguirá siendo observada como una prueba de soberanía y de alineamiento internacional.

