Colombia se convirtió este miércoles en uno de los pocos países que tienen una embajada en Jerusalén. La apertura fue celebrada por Benjamin Netanyahu como una señal del fortalecimiento de los vínculos de Israel con América Latina.
El traslado cumple una promesa de Abelardo de la Espriella, presidente colombiano desde agosto y aliado de Donald Trump. También marca un cambio radical frente a Gustavo Petro, quien rompió en 2024 las relaciones con Israel por la ofensiva israelí en Gaza.
Hasta ahora, Israel había sido uno de los principales socios de Colombia en materia de seguridad. En la ceremonia de apertura, Netanyahu dijo que América Latina representa un apoyo cada vez más importante para Israel, muy cuestionado por la guerra en Gaza incluso por aliados occidentales tradicionales.
«La coalición global del wokismo acaba de sufrir una derrota», afirmó Netanyahu, en alusión a reveses electorales de dirigentes de izquierda de la región. También sostuvo: «Estamos dispuestos a combatir a los bárbaros. Y valoramos a quienes están de nuestro lado, y Colombia está de nuestro lado».
De la Espriella, por su parte, afirmó en un mensaje grabado en video que Israel y Colombia tienen grandes posibilidades de trabajar juntos. Mencionó el intercambio de inteligencia y la lucha contra el crimen organizado. Añadió que la apertura no es solo una sede diplomática, sino una puerta para que empresarios, científicos y universidades desarrollen proyectos conjuntos.
En el acto, el canciller colombiano, Omar Bula, destacó junto a Gideon Saar que la relación bilateral «nunca debió haber sido interrumpida». Tania Gilinski, embajadora colombiana, dijo que Israel es un socio estratégico y que lo será «con aún más ahínco y fuerza».
La decisión, sin embargo, llega con un costo diplomático claro. La Autoridad Palestina condenó la medida y sostuvo que vulnera el consenso internacional sobre el estatus jurídico de Jerusalén y los derechos del pueblo palestino. Arabia Saudita la calificó de «flagrante violación del derecho internacional».
Salvo excepciones como Estados Unidos, la mayoría de los países que reconocen a Israel mantienen sus embajadas en Tel Aviv. Lo hacen porque consideran que el estatus de Jerusalén debe resolverse en un acuerdo definitivo del conflicto israelí-palestino. Israel controla la totalidad de la ciudad desde 1967 y la ONU no reconoce la anexión de la parte oriental.
Colombia se suma así a una lista corta de países con sede diplomática en Jerusalén, entre ellos Estados Unidos, Fiyi, Guatemala, Honduras, Kosovo, Nauru, Papúa Nueva Guinea, Paraguay y Somalilandia. Argentina, además, anunció en junio de 2025 que trasladará su embajada a Jerusalén durante 2026, aunque la medida se ha retrasado.
El dato importa más que el ruido. Colombia ha elegido profundizar su vínculo con Israel justo cuando el conflicto en Gaza sigue erosionando consensos internacionales. Conviene mirar los incentivos: Bogotá gana cercanía con un socio estratégico en seguridad y tecnología, pero también asume un costo en su relación con el mundo árabe y con la causa palestina.
La historia sugiere cautela. Jerusalén no es solo una dirección diplomática; es un símbolo de soberanía disputada. Cuando un gobierno toma partido en ese tablero, no compra estabilidad: compra alineamiento. Y en política exterior, los alineamientos dejan beneficios concretos, pero también facturas que suelen llegar después.

