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China financia la guerra de Irán y Trump busca un canje de presión con Xi

La tesis central es que Pekín sostiene con compras de petróleo la capacidad de Teherán para resistir sanciones y financiar a sus apoderados. Washington, según esta columna, podría usar Venezuela como moneda de cambio para cortar ese flujo sin regalarle a China una posición libre en el hemisferio occidental.
Líderessábado 19 de septiembre de 2026

Seis meses después de que Estados Unidos lanzara su guerra y bloqueo contra Irán, la república islámica sigue desafiando a Washington, según esta columna. El régimen no ha abandonado sus ambiciones regionales ni ha frenado a sus apoderados terroristas; por el contrario, esta semana, dice, escaló.

La escalada ya se ve a ambos lados de la península Arábiga. Irán sigue dificultando el tráfico comercial por el estrecho de Ormuz. En el otro flanco, los hutíes han tomado el puerto yemení de Mokha, avanzado hacia el estrecho de Bab el-Mandeb y llegado a islas estratégicas del mar Rojo.

La pieza añade que Arabia Saudita ha visto bloqueadas sus dos salidas marítimas y que su oleoducto este-oeste quedó fuera de servicio por fuego de apoderados iraníes que, según la columna, operaban desde Irak. El resultado, sostiene, es un bochorno estratégico para Estados Unidos y sus aliados.

Conviene mirar los incentivos. La columna sitúa el problema en la capacidad de Irán para dictar la temperatura económica de la región mientras mantiene la apariencia de normalidad. A su juicio, eso debilita la credibilidad de Occidente y vuelve urgente impedir que el régimen sobreviva intacto o fortalecido.

El punto de giro llega cuando la pieza traslada el foco a Pekín. «China está alimentando esta guerra», afirma. Por eso, dice, Trump debería llevar el asunto a su cumbre del 24 de septiembre con Xi Jinping y presionar para que China reduzca su apoyo económico a Irán.

La columna cita a la U.S.-China Economic and Security Review Commission para sostener que las compras chinas representan aproximadamente el 90% de las exportaciones petroleras iraníes. Ese flujo, añade, permite a Teherán sobrevivir a las sanciones y financiar a los Guardianes de la Revolución y a sus apoderados regionales.

También señala, citando a The Wall Street Journal, que la reserva accesible de petróleo de Irán cayó de aproximadamente 90 millones de barriles a unos 29 millones. Y recuerda, citando a la U.S. Energy Information Administration, que antes de la guerra unos 20.9 millones de barriles de productos petroleros pasaban por Ormuz cada día, con casi el 90% del crudo y condensado dirigido a mercados asiáticos.

Desde esa base, la columna sostiene que los intereses de Irán y China empiezan a divergir. Pekín puede tolerar el desorden mientras incomode a Washington, pero no obtiene beneficio indefinido de una crisis que amenaza sus propias rutas energéticas desde Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Qatar.

La propuesta concreta es un canje. Primero, China debería reducir de forma sustancial y verificable sus compras de petróleo iraní, incluso el petróleo canalizado por intermediarios o relabelado. Segundo, Pekín debería presionar a Teherán para reabrir Ormuz sin peajes discriminatorios, condiciones políticas ni amenazas contra buques comerciales. Tercero, no debería brindar asistencia militar ni nuevos mecanismos para evadir el bloqueo y las sanciones financieras.

A cambio, Trump podría ofrecer una apertura comercial condicional y gradual en el sector petrolero de Venezuela. La columna aclara que eso no equivaldría a regalar el petróleo venezolano a China, sino a usar el marco de sanciones y licencias que Washington ya controla para permitir una participación comercial limitada.

Ese intercambio, sostiene, beneficiaría a Venezuela con capital y mayor producción, daría a China otra fuente energética de largo plazo y cortaría el vínculo financiero que permite a Irán absorber la presión occidental durante más tiempo del aceptable. Si China volviera a comprar por encima de los límites acordados o ayudara a ocultar transacciones, las licencias expirarían y las sanciones regresarían.

La lectura editorial es clara: el poder estatal chino no debería servir para amortiguar guerras regionales de un régimen que usa el petróleo como palanca política. Si Washington quiere restaurar la disuasión, debe atacar el incentivo económico, no limitarse a protestar contra el síntoma. El dato importa más que el ruido.

También hay una advertencia para Trump. La columna le pide no mezclar este posible acuerdo con Taiwán y subraya que la seguridad a largo plazo de la isla no debería debilitarse como precio de una cooperación táctica sobre Irán. Ahí se juega algo más amplio que una transacción petrolera: la credibilidad de las instituciones y el equilibrio de poder en el orden internacional.

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