El presidente de la ciudad autónoma de Ceuta, Juan Jesús Vivas, lo dijo sin eufemismos ante la televisión pública RTVE: «La ocupación que tiene Ceuta en el ámbito de la acogida de menores es de un 2.600 % por encima de su capacidad crítica. Es una situación absolutamente insostenible».
Los números respaldan la alarma. Alrededor de 72.000 personas ingresaron al enclave durante la semana pasada. Cerca de 70.000 ya retornaron a Marruecos, pero el saldo humano es severo: al menos 78 fallecidos, según fuentes judiciales, tras el hallazgo del último cuerpo la noche del miércoles. En las calles, parques y zonas costeras del territorio permanecen grupos de jóvenes a la espera de ser identificados y reubicados.
La cifra que concentra la presión institucional es otra: 1.100 menores no acompañados atendidos actualmente por las infraestructuras locales de una ciudad de 84.000 habitantes. El delegado del gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez, confirmó que la localización y el resguardo de esos menores constituye la prioridad inmediata de los equipos de auxilio.
El Ministerio de Juventud e Infancia respondió con una partida extraordinaria de 25 millones de euros —aproximadamente 29 millones de dólares— para reforzar los esquemas de atención. El vicepresidente primero y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, defendió la excepcionalidad del evento y recordó que todas las comunidades autónomas están obligadas al cumplimiento de la legislación vigente en materia de acogida.
Sin embargo, el mecanismo de reparto enfrenta resistencias. El traslado de menores hacia otras regiones de España está condicionado por la normativa que obliga a las autonomías a colaborar ante escenarios de tensión migratoria extraordinaria, pero varias comunidades gobernadas por el Partido Popular junto a Vox han mostrado reticencias.
El detalle más revelador de la crónica no es el colapso en sí, sino su gestación. Vivas señaló que días antes de la entrada masiva advirtió al Ejecutivo central sobre el incremento en los flujos y solicitó la declaración de emergencia nacional. Madrid la descartó por considerarla, según explicó el propio Vivas, «no factible desde el punto de vista jurídico». La barrera instalada en el mar y el refuerzo de la vigilancia en el entorno del Tarajal han reducido al mínimo las entradas posteriores, pero el daño ya estaba hecho.
Conviene mirar los incentivos. Un gobierno central que recibe alertas tempranas, las desestima por razones formales y luego aprueba partidas de emergencia no está gestionando una crisis: está administrando sus consecuencias. Los 25 millones de euros llegarán cuando la saturación ya superó cualquier umbral razonable, y la factura —humana y fiscal— recaerá sobre el contribuyente español y sobre una ciudad cuya capacidad operativa quedó desbordada en proporción difícil de imaginar.
El dato importa más que el ruido. Lo que Ceuta ilustra no es un fenómeno local ni espontáneo, sino el resultado predecible de fronteras gestionadas con instrumentos jurídicos diseñados para flujos ordinarios, aplicados ante presiones extraordinarias. La historia sugiere cautela: sin un marco de respuesta rápida que vincule la alerta temprana con la acción preventiva, el ciclo —entrada masiva, colapso, partida de emergencia, debate de reparto— volverá a repetirse.



