La festividad del Día de Muertos en México coloca al cempasúchil en el centro de las ofrendas. Pero la creciente presencia de la variedad comercial importada, conocida habitualmente como marigold, ha cambiado el mercado y ha abierto una disputa entre apariencia, aroma y origen.
De acuerdo con información oficial de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, la especie nativa, Tagetes erecta o Tagetes patula, se distingue por un aroma herbal intenso, fresco y duradero. También presenta flores de mayor tamaño, pétalos esponjosos e irregulares y tallos que en campo abierto pueden alcanzar hasta dos metros de altura.
La variedad asiática, en cambio, proviene de semillas modificadas que no germinan en ciclos posteriores. Según datos de la Secretaría del Medio Ambiente, estas plantas son compactas y uniformes, con flores redondas y simétricas que suelen venderse en macetas pequeñas. Su vida útil es más corta y marchitan al cabo de pocos días tras la compra.
El dato importa más que el ruido: para quien busca preservar la fragancia tradicional de las ofrendas, el origen sí pesa. Y para quien compra, también importa el canal de venta. Las fuentes citan puntos de venta directa administrados por floricultores de Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta, además del Festival de Flores de Cempasúchil sobre Paseo de la Reforma, entre el Ángel de la Independencia y la glorieta del Ahuehuete, con atención del 18 de octubre al 1 de noviembre de 2026.
También se menciona el Corredor Ecológico de la Central de Abastos y los mercados tradicionales de la capital como espacios de abastecimiento al mayoreo y al menudeo. Comprar directamente en esos puntos, dice la nota de origen, apoya la economía rural local y garantiza la frescura del producto.
Conviene mirar los incentivos. Cuando el consumidor puede distinguir entre la flor nativa y la importada, cambia la demanda; cuando compra directo al productor, cambia el reparto del ingreso. Ahí hay una lección simple sobre libre empresa y competencia: no todo lo “homogéneo” es preferible, y no toda importación sustituye con éxito a una tradición cultivada localmente.
En esta coyuntura, el cempasúchil no es solo una flor ceremonial. También es un mercado. Y en ese mercado, la preferencia por la producción local beneficia a los agricultores del sur de la capital, mientras la importación gana terreno cuando el comprador no puede —o no quiere— diferenciar el origen. La historia sugiere cautela: si la tradición importa, también importa quién se queda con el dinero de los contribuyentes y de los consumidores. Aquí, la mejor señal para el mercado es sencilla: información clara, venta directa y menos espacio para la confusión comercial.


