Adelle Nazarian, periodista y comentarista que ha residido en China, Egipto, Francia, Dubái, Londres, Suecia, Nueva Jersey, Manhattan y Washington D.C., argumenta en un ensayo personal que California sigue siendo el mejor lugar de Estados Unidos para criar hijos. Su tesis no descansa en indicadores económicos, sino en la combinación de geografía, diversidad cultural y movilidad social que el estado ofrece.
El argumento geográfico es el más sencillo de sostener. Nazarian enumera lo que pocas regiones del mundo pueden ofrecer en un radio comparable: océano, desierto, bosques, montañas, nieve y secuoyas. Compara esa variedad con Francia —de la región de Champaña a Saint-Tropez— e Italia —de los Dolomitas a la Costa Amalfitana—, y concluye que California resiste la comparación.
La dimensión cultural es, para la autora, igualmente decisiva. Restaurantes persas, taquerías mexicanas, parrillas coreanas, panaderías armenias y cocina japonesa de primer nivel componen, según Nazarian, una oferta que no solo describe la diversidad sino que la hace tangible para una niña. «California no le dice simplemente a mi hija que el mundo es diverso. Puedo poner el mundo en su plato», escribe.
El ejemplo más concreto que ofrece es el de su prima, la doctora Sharona Nazarian, quien según el texto se desempeñó recientemente como alcaldesa de Beverly Hills, convirtiéndose en la primera mujer iraní-estadounidense en ocupar ese cargo. La autora la presenta como encarnación del relato californiano: inmigrante que huyó de la persecución religiosa en Irán y llegó a dirigir una de las ciudades más reconocidas del mundo.
Nazarian reconoce los argumentos contrarios sin desarrollarlos. Menciona el costo de vida, el precio por metro cuadrado y las comparaciones en hojas de cálculo, pero los descarta como métricas insuficientes para evaluar dónde debe crecer un niño. También admite que vivir en la Costa Oeste añade horas de vuelo hacia Europa, Asia y Oriente Medio, conexiones que, dice, siguen importándole.
El ensayo cierra con una reformulación del mito fundacional: «El sueño californiano nunca fue realmente sobre California. Era el sueño americano con mejor clima».
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Conviene mirar los incentivos. El texto de Nazarian es una defensa deliberadamente subjetiva, y como tal debe leerse: no es un análisis de política pública ni una evaluación comparada de sistemas educativos o fiscales. California sigue siendo uno de los estados con mayor carga impositiva y costo de vida del país, datos que la autora elige no cuantificar.
Sin embargo, el argumento de fondo merece atención. La historia de movilidad social que Nazarian invoca —el inmigrante que llega, construye y pertenece— es precisamente el tipo de narrativa que el libre mercado y la sociedad abierta hacen posible, cuando las instituciones lo permiten. Que ese relato siga siendo creíble en California, pese a sus contradicciones, dice algo sobre la resiliencia del modelo americano. El dato importa más que el ruido: mientras el sueño produzca historias verificables, la discusión sobre impuestos y regulación no lo cancela; lo complica.



