Las declaraciones de Ángela Benedetti, hermana del exministro del Interior Armando Benedetti, han vuelto a poner el foco sobre los circuitos de influencia que funcionaron dentro del gobierno de Gustavo Petro. En una entrevista con la periodista española Eva Rey para el formato Me vale, Benedetti describió la relación entre Laura Sarabia —hoy embajadora de Colombia en Londres— y la primera dama Verónica Alcocer con una precisión que no pasa inadvertida.
Según Benedetti, Alcocer habría «empoderado» a Sarabia porque esta le «hacía los mandados». La abogada afirmó que ambas actuaban de manera tan coordinada que las dejaban en evidencia «como si fueran una sola». La explicación que ofreció para entender por qué Alcocer toleró —y según ella promovió— la cercanía de Sarabia con Petro es directa: «Laura no le generaba peligro, pero además le hacía caso».
Benedetti también señaló que Alcocer, en su percepción, procuraba impedir que otras mujeres se acercaran al presidente. Sarabia habría sido la excepción precisamente por su disposición a seguir las indicaciones de la primera dama. Estas afirmaciones son señalamientos de Ángela Benedetti y no han sido corroborados de manera independiente.
El testimonio llega en un momento en que la figura de Sarabia ya cargaba con un historial de controversias: su ascenso meteórico desde el entorno más íntimo del candidato Petro hasta convertirse en jefa de gabinete, y su posterior designación como embajadora en una de las capitales más relevantes para la diplomacia colombiana. El cargo en Londres no es menor: implica representar a Colombia ante el Reino Unido en un período de tensiones comerciales y de agenda migratoria.
Lo que Benedetti describe, más allá de la anécdota de palacio, es la anatomía de un poder informal: el tipo de influencia que no figura en ningún organigrama pero que determina quién accede al presidente, qué información llega a su despacho y qué decisiones se toman fuera de los canales institucionales. En gobiernos donde la lealtad personal desplaza a la competencia técnica, esas redes informales terminan siendo el verdadero centro de gravedad del ejecutivo.
Conviene mirar los incentivos. Una funcionaria que debe su posición no a un mérito verificable sino a la confianza de la primera dama opera bajo una lógica de lealtades cruzadas que difícilmente es compatible con la rendición de cuentas institucional. El dato importa más que el ruido: Colombia tiene hoy a su embajadora en Londres designada, según el relato de una testigo cercana, en buena medida porque supo navegar las tensiones domésticas del círculo presidencial.
Ese es el costo real del petrismo como modelo de gestión: no solo el gasto público desbordado o la conflictividad con el sector privado, sino la colonización de los cargos del Estado por redes de fidelidad personal que subordinan el interés público al equilibrio de poder dentro de una familia política. La historia sugiere cautela ante cualquier gobierno que confunda el aparato estatal con la extensión de su entorno más íntimo.



