Las cifras del Census Bureau y la Oficina de Análisis Económico de Estados Unidos, publicadas el 4 de agosto, revelan un reacomodo que conviene leer con atención. México dejó de ser el segundo origen del déficit bilateral de bienes estadounidense y pasó al tercer lugar. En el primer semestre de 2026, el déficit de Estados Unidos con Vietnam alcanzó 114 mil millones de dólares; con Taiwán, 107 mil 200 millones, y con México, 102 mil 600 millones.
Las importaciones estadounidenses de bienes cayeron 1.1 por ciento en el semestre. Las provenientes de México crecieron 13 por ciento —un desempeño respetable en un mercado que se contrajo—, pero las de Taiwán aumentaron 67 por ciento, las de Tailandia 72, las de Filipinas 50, las de Vietnam 40, las de Malasia 35 y las de Corea del Sur 21. En conjunto, las compras a esas seis economías asiáticas crecieron 47 por ciento. México avanza, pero pierde participación justo donde el pastel crece.
La paradoja del tratado
La explicación no es sencilla. México conserva, en el papel, el mejor trato arancelario: la mayoría de sus envíos puede ingresar sin arancel si cumple el T-MEC. Pero esa preferencia exige reglas de origen, certificaciones, verificaciones y umbrales de contenido regional particularmente rigurosos en la industria automotriz. Los proveedores asiáticos pagan aranceles, pero no acreditan porcentajes de contenido regional ni enfrentan el mismo riesgo de incumplimiento. Para algunas empresas, según consigna la fuente, un arancel conocido y un trámite más simple pueden ser preferibles a un arancel cero con riesgo de incumplimiento. Es una preferencia de facto por la simplicidad.
A eso se suma un sesgo tecnológico que favorece a las cadenas asiáticas. Michael Waugh, economista de la Fed de Minneapolis, calcula que alrededor de 69 por ciento de las importaciones vinculadas con la inteligencia artificial está exento de aranceles y enfrenta una tasa efectiva de 4.5 por ciento, frente a 12.1 por ciento para los demás bienes. México y Taiwán aportan cada uno cerca de una cuarta parte de las importaciones estadounidenses relacionadas con la inteligencia artificial, pero la mayor aceleración reciente se concentra en redes productivas asiáticas.
El resultado es una concentración notable: la suma de los déficits con diez economías asiáticas equivale ya a 92 de cada 100 dólares del déficit total de bienes de Estados Unidos, cuando hace un año representaba 60 de cada 100. El desequilibrio con Taiwán casi se duplicó, con un alza de 91 por ciento; el de Tailandia creció 87 por ciento y el de Vietnam, 40, mientras el de México apenas subió 6.6 por ciento.
Ni siquiera la caída de 34 por ciento del déficit con China altera la dirección general: los desequilibrios se redistribuyeron hacia el resto de Asia, no hacia Norteamérica.
Lo que está en juego
El dato importa más que el ruido. Si el objetivo declarado de la política arancelaria de Washington era relocalizar producción en Norteamérica, los números del primer semestre no muestran ese desplazamiento. Muestran un déficit menos dependiente de China, pero mucho más concentrado en el resto de Asia.
Conviene mirar los incentivos. El nearshoring —la apuesta central de México para atraer inversión productiva— enfrenta un competidor que no es solo el costo, sino la simplicidad aduanera y una canasta tecnológica favorecida por exenciones arancelarias. Si Washington endurece todavía más las reglas de origen en la revisión del T-MEC, especialmente en el sector automotriz, podría ampliar esa ventaja de facto asiática en lugar de cerrarla.
Para México, el mensaje es claro: crecer 13 por ciento en exportaciones es insuficiente cuando los segmentos más dinámicos del mercado estadounidense están estrechamente ligados a cadenas de suministro que operan desde el otro lado del Pacífico. La política comercial de un socio de tratado puede, paradójicamente, estorbar más que la ausencia de acuerdo preferencial alguno. Esa paradoja merece estar en el centro de la conversación entre los socios del T-MEC, no en sus márgenes.



